Cae el Telón – Parte 1

INTRODUCCIÓN

Era sábado por la noche y me encontraba mirando por la ventana cómo el viento enfriaba los pórticos. Dentro de mi casa hacía calor, y esa reconfortante calidez me convenció de no salir; casi podía escuchar que me susurraba que tomara una bebida y que fuera a mi habitación a jugar.

«Podría hacerlo, ya tengo tiempo sin jugar. Juego y bebidas, no son mala combinación», pensé.

Opté por ir al refrigerador y tomar una botella de vodka azul. Luego, fui hacia el escritorio y encendí la computadora; el suave zumbido de los ventiladores y el tenue parpadeo de las luces me dieron la bienvenida.

Tomé el control blanco para jugar cómodamente y navegué por la biblioteca digital hasta seleccionar uno de futbol. Di un sorbo a la bebida mientras iniciaba. La pantalla de carga, negra por un instante, me devolvió mi propio reflejo. El brillo repentino del menú me obligó a entrecerrar los ojos, mientras me frotaba la nuca, sintiendo aún los nudos tensos que me habían dejado cinco días de trabajo.

El primer partido lo programé contra la máquina porque necesitaba acoplarme, tenía que desempolvar mis viejas habilidades. Empezaba a recordar por qué me gustaba tanto aquel juego. Tenía meses sin tocarlo y la emoción que me causaba me hacía maldecir al árbitro por marcar falta donde no la había, por las tarjetas amarillas que me sacaba después de barrerme bruscamente contra los delanteros, y por los goles anulados por fuera de lugar.

La afición se volvió loca cuando quedé frente al portero, esperando que definiera la ventaja en el marcador. Agitaban con orgullo sus camisetas, cuyos escudos decían París. Burlé al guardameta y anoté el primer gol. Grité un ¡SÍ! automático, di un jalón con el codo y volteé hacia la derecha buscando a un acompañante que no tenía. Agité la cabeza, frunciendo el ceño, y seguí jugando.

Di un trago a la bebida y me alegré cuando el rival me regaló la pelota. Desarmé a la defensa con pases cortos, y cuando estuve listo disparé, pero el portero atajó, sacando la pelota hacia el lateral izquierdo. Me acomodaba para cobrar el tiro de esquina cuando el contraste entre los cánticos de la tribuna y el silencio de mi habitación comenzó a incomodarme.

Comencé a apretar los botones con más fuerza y terminé desperdiciando el tiro. Seguí jugando: me barrí, recuperé la pelota, me acerqué al área, tiré y anoté. Esta vez solo vi rebotar el balón en la red, pensando que en otro momento alguien me habría abrazado y besado, aullando conmigo el gol.

Me eché hacia atrás en la silla, cerré los ojos para relajarme, y, por una fracción de segundo, me vi haciendo las celebraciones con mi expareja.

Hacía tiempo que no pensaba en eso; sin embargo, casi de inmediato recordé la calidez de tenerla en mi habitación, cuando jugábamos y veíamos películas. Los recuerdos de aquellas tardes se oscurecieron de golpe al pesar en el día en el que la desesperación por no poder hablarle me ahogaba, y el asco de imaginarla con alguien más me revolvía el estómago.

El árbitro dio el silbatazo del medio tiempo, pero lo escuché muy a lo lejos. En mi mente se empezaba a formar el recuerdo de esa noche en la que sufrí y, a la vez, la que me hizo dejar todo atrás.

I. EL AUTO ESTACIONADO

Esa vez regresaba tarde a casa —comencé a recordar— y no esperaba ver su auto afuera de mi porche. Regresaba muy cansado, casi arrastrando los pies, y las banquetas irregulares, agrietadas y abultadas como un volcán, hacían que tropezara. Regresaba cabizbajo del trabajo, con el mismo reloj que me había regalado mi papá al cumplir dieciocho; tal vez incluso con el mismo sentimiento que tenía él a los cincuenta y tantos respecto a la vida.

A unos treinta metros de mi casa, levanté la mirada y vi su auto. ¡El maldito automóvil plateado estaba estacionado frente a mi barandal!

El cansancio me abandonó de golpe. Sentí una descarga cruzándome el pecho, un latido tan violento y repentino que me robó el aliento. Me quedé paralizado en medio de la banqueta, con la boca entreabierta, incapaz de procesar lo que veían mis ojos. Toda la pesadez y la oscuridad de los últimos meses parecieron evaporarse en un instante. Una alegría abrumadora, casi dolorosa, me encendió la sangre; el corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que sentí que el cuerpo entero me vibraba.

La mirada triste y apagada que venía arrastrando se transformó por completo. Mis ojos devoraban la silueta de ese auto plateado, aferrándose a él como si fuera un espejismo que temía perder si parpadeaba.

El auto estaba oscuro, frío y en silencio.

«Después de tantos días, por fin viniste a verme», pensé entonces, dándome otro pico de adrenalina, sintiendo la sangre golpear con fuerza en mis sienes.

Caminé más rápido y, al llegar, me aproximé a la ventana del carro, me recargué sobre ella y miré hacia el interior. Aprecié el tablero y el volante, luego la tapicería, y me fue imposible creer que aquel lugar se sintiera tan lejano. El asiento de copiloto, donde iría yo, se encontraba vacío, y el de ella aún guardaba su silueta marcada en la piel. Imaginé que, si mis manos se posaban sobre el cuero, sería absorbido y transportado a múltiples recuerdos. Probablemente volvería a las pláticas que teníamos de camino a casa, o a los momentos en que nos escondíamos del mundo entero adentro de su auto, recostándonos en el interior.

No lo quise averiguar y aparté mi rostro de la ventana. Di media vuelta y caminé, dejando atrás el auto en el que seguía presente su aroma. Al seguir avanzando hacia la entrada de la casa, los árboles a mis laterales se marchitaron de golpe. La madera crujió con violencia, como si el viento aullara una advertencia para que me alejara. Sus hojas cayeron al instante, pudriéndose en el suelo, y sus ramas se retorcieron en una pose macabra, tratando de evitar a toda costa que yo entrara.

Apreté los puños, cerré los ojos con fuerza para disipar la visión y abrí la primera puerta. El metal anunció mi llegada. El sonido pareció devolverme a la realidad. Crucé el porche con la respiración agitada, pasando a un lado de las mecedoras de mamá y de aquel balón que compré para consolarme, supliendo al que alguna vez compré con ella.

«¡Uuuuh!», resonó en mi cabeza la exclamación que solíamos hacer cuando el balón rozaba el travesaño.

Todo lo que me había causado cientos de lágrimas en aquel momento ya no me importaba. A pesar del miedo y de las advertencias macabras de los árboles, el corazón roto se me iba reconstruyendo en ese instante; era como ir ensamblando una pieza de acero, parte por parte. Esa falsa ilusión me dio la certeza de que no volvería a derramar más lágrimas en el trabajo, que tampoco se precipitarían al borde de mis ojos en el transporte público, ni mucho menos frente a mi terapeuta, a quien tanto le hablaba de ella.

No sabía si sería capaz de retener esas lágrimas si no pasaba lo que esperaba. Pero confié en mi mente y en mi corazón. Estaba seguro de que ella aguardaba adentro.

II. EL FANTASMA

Abrí la segunda puerta.

«La misma que crucé con ella tantas veces», pensé mientras giraba la perilla.

—¡Regresaste, amor! Te estaba esperando —dijo, cuando aún no terminaba de empujar la puerta por completo—. ¿Cómo te fue en el trabajo?

Me quedé pasmado al verla sentada nuevamente en el comedor. Sus labios dibujaron una sonrisa amplia y luminosa, mientras que sus ojos juguetones me buscaban la mirada, enchinándose de felicidad. Sentí un estremecimiento que paralizó mi corazón por un segundo, y luego el escalofrío subió desde mis talones y terminó sacudiéndome los hombros para recordarme que seguía vivo.

—¿Qué? ¿Acaso tú no me extrañaste? —volvió a hablar con un tono chillante y mostrando su labio inferior, haciendo una mueca.

Arrastró la silla hacia atrás con delicadeza, levantándose y provocando sus famosos oleajes con el cabello. Una vez estando de pie, extendió ambos brazos hacia mí, esperando que avanzara en su dirección. Sus dedos apuntaban hacia mí y luego se recogían en un puño, los volvía a abrir y nuevamente se recogían —podría decir que aleteaban, pero sería más exacto decir que parpadeaban.

Fue ahí cuando reaccioné de la forma que esperaba: mi cuerpo, encendido, corrió hacia ella. Me desprendí del cargamento que llevaba en el hombro, dejando la mochila, el termo y mis libros tirados frente al televisor. Todo quedó en el suelo mientras me aproximaba a ella, también con los brazos extendidos.

Vi de cerca sus ojos cafés. Brillaban para mí y yo me reflejaba en ellos. Al sentirla cerca, cerré los ojos y pasé mis brazos alrededor de su cuello dispuesto para apretarla con la fuerza de mi alma. Mis manos chocaron contra mi propio pecho. El aire helado ocupó su lugar. Un escalofrío me paralizó la nuca. Entonces, escuché su risa en el pasillo que daba hacia mi cuarto.

No estaba en el comedor. Era obvio: los gatos. Seguramente había ido a buscarlos a la habitación.

La sangre me hervía en la cara. Emprendí la marcha doblando hacia la izquierda, apresurándome por el corredor, yendo tras de ella dispuesto a encontrarla. No había nada que me recobrara el ánimo por esos días, al menos hasta que escuché las melodías que procedían de su boca. Ya las había olvidado y quería más, por lo que el deseo por alcanzarla y escucharla se tornó en locura.

«Nsst, nsst, nsst, nsst», chisté con los dientes. Era nuestro código absurdo; el mismo sonido que yo usaba para llamar a los gatos de la calle y que ella solía responder tronando la lengua contra el paladar, antes de darme un beso. Creí que si lo escuchaba vendría enseguida.

Al final del pasillo, la puerta de mi habitación estaba entreabierta, y a través de la rendija se filtraba la luz que provenía del interior. Tuve que entornar los ojos mientras me aproximaba, dando largos pasos y con el corazón acelerado. Parecía que todo mi entorno se movía en cámara lenta, pero los latidos no.

Me entusiasmaba la idea de que estuviera acariciando a mis gatos, que les demostrara lo mucho que los había extrañado, y deseaba encontrarla cargándolos.

Cuando me acerqué un poco más y pasé por debajo del marco de la puerta, me entró el presentimiento de que el mundo se detendría de nuevo. Cerré la puerta tras de mí dando un portazo violento, cuyo eco retumbó por las paredes. Al cerrarla, la magia se esfumó y la luz se fue apagando poco a poco. Miré hacia todos lados, desconcertado y bañado en sudor frío.

Fruncí el ceño, sintiendo que una ola gigantesca de llanto subía hasta mis ojos queriendo escapar, pero me contuve con la esperanza de encontrarla en el patio trasero. Lo descarté de inmediato después de mirarlo a través de la ventana. También revisé mi armario, al otro lado de la habitación, pero tampoco estaba allí. Mi cama seguía tendida, con las almohadas apiladas —como suelo dejarlas al salir por las mañanas desde que aprendí eso de ella—, como si nunca hubiera estado allí.

Mis gatos me miraron con profunda tristeza en lugar de estar alegres por mi llegada. Fue entonces cuando no pude evitar el llanto. Me llevé las manos a la cara y dejé que el cuerpo cayera sobre mis rodillas; me desvanecí hasta que la frente rozó los mosaicos fríos del suelo. Me encontraba encorvado, gimiendo y sollozando, mientras mis gatos se frotaban contra mis extremidades, tratando de encender nuevamente la luz de mis entrañas. Ronroneaban mientras yo berreaba desconsolado por no tenerla.

El silencio que despedía mi cuerpo se mezclaba con la penumbra que albergaba mi habitación, esa misma que hasta hace unos instantes brillaba como la luz del sol.

La posición en la que me encontraba me hizo sentir expuesto: mi rostro estaba empapado y desfigurado por la crudeza del momento; mis ojos se hinchaban y se coloreaban rojizos de tanto dolor; mi espalda, arqueada, remarcaba mi columna vertebral en picos. Para rematar, la luz de la luna entraba por la ventana, demostrando mi existencia con un círculo de luz en el suelo.

Pensándolo de otra forma, era como una obra de teatro en donde yo era un actor y mis gatos el público que se encontraba en el recinto, pues me observaban en silencio, contemplando mi locura y mi dolor. Los surcos que se marcaban en mis mejillas les erizaban el pelaje, y, a la vez, los conmovían. Lo sabía sin mirarlos porque lo sentía en sus pesadas miradas de felino.

—Tu fantasma regresó —fue lo poco que articulé entre respiraciones cortadas. Todo lo demás fue llanto.

III. TU CARTA

Los sollozos comenzaron cuando mi garganta ya no soportó los nudos que la asfixiaban. Me preocupé; no quería que mi familia, cuyos pasos se escuchaban afuera de mi cuarto, se enterara de mi pena. Por momentos se me iba el aire, debido a la posición en la que me encontraba, pero no podía parar de llorar.

«¿Realmente un día vendrá a buscarme?», pensaba mientras ahogaba mis lamentos.

Ya no distinguía la realidad de la fantasía. Me encontraba en el suelo, dedicando todas mis fuerzas para que mi cuerpo dejara de temblar.

De pronto, el recuerdo de una de sus cartas me asaltó mientras mis rodillas se entumían por el dolor. Claramente escuché su dulce voz recitando la carta, muy cerca de mi oreja, apaciguando un poco la pena que me embargaba.

Al escuchar la primera oración: «Te conocí un día cualquiera», mis pensamientos automáticos frenaron y me permitieron un descenso momentáneo del llanto.

Tenía razón. Ese viernes lluvioso de mayo no era más que rutina y charcos, hasta que me atreví a interrumpir la mirada que le tenía fija a su teléfono en la fila del transporte.

Fue algo espontáneo, inesperado y muy encantador —continuó la voz en mi recuerdo, y sus palabras recorrían mi piel, erizándola poco a poco.

Sus oraciones se asemejaban a las mías en los versos que le escribí. Me dejé envolver por el recuerdo y seguí escuchando sus palabras tan puras, intensas y honestas.

Se sintió como si todo hubiera cobrado vida —continuó recitando—; todo encajó y por fin tuvo sentido. Quién diría que aquel hombre alto, eléctrico y dramáticamente atractivo se convertiría en mi pareja, mi mayor inspiración para mis cartas y poemas.

Escuchar aquello me causaba estremecimientos; su profunda admiración me recordaba cómo me hacía sentir único y que era solo de ella.

Para mí también tuvo un sentido diferente la vida después de conocerla, y me entregué a los más dulces placeres que podría haber experimentado, abandonando por completo la idea de algo pasajero y entregándome a ella con total transparencia.

Su arte, lleno de cariño hacia mí, me dio el respiro que necesitaba y me permití disfrutar del cierre definitivo.

Te veo en las nubes arreboladas,

en las canciones que escucho

y en los sueños que nunca cuento.

.

Con todo mi amor.

El eco de sus palabras se desvaneció. Una sonrisa torpe y dolorosa se me dibujó en el rostro mientras aguantaba el nudo en el pecho, rogando en silencio por escuchar una palabra más. Quería seguir rebuscando en su poema; me intrigaba saber lo que soñaba y lo que fantaseaba conmigo, pero el eco se había apagado. Ahora solo me quedaba este silencio aplastante, obligándome a volver a la realidad de mi cuarto vacío.

Los gatos continuaban con sus movimientos elegantes junto a mí, irguiendo la cola y esperando una caricia. Yo restregaba mi frente contra el suelo, anhelando que sus pensamientos volvieran a materializarse de esa forma tan hermosa. Apreté los dientes hasta hacerme daño, con el rostro desfigurado por el dolor, esperando más de esos poemas, deseando ser de nuevo su pareja y que me describiera en sus sencillos versos, tan llenos de verdad.

IV. LOS TRAZOS

Esa noche concilié el sueño cuando mis ojos se perdieron en la oscuridad de la habitación y cuando la poca luz que entraba por los cuatro cristales de mi ventana iluminaba el desfile de mis gatos: caminaban alrededor de mi cuerpo con sus impacientes ronroneos que invocaban mi salvación.

Me dormí olvidando por completo que su fantasma seguía al acecho, dispuesto a lastimarme en donde no pudiera aplicar presión.

Algunas formas para recordarla se encontraban guardadas en una caja que estaba a unos cuantos metros de mí. Fotos, cartas, boletos de cine, entre otros recuerdos que, mientras yo dormía, despertaban.

La tapa de la caja comenzó a ser empujada desde adentro. Fue un golpe tras otro, hasta que la tapa cayó hacia la derecha, rebotando en las paredes de madera del mueble donde se encontraba. No había tirado todo eso porque hacerlo era renunciar a la posibilidad de volvernos a encontrar, o eso pensaba.

Algo se extendió desde adentro de la caja como si fuera un calamar. Sus extremidades parecían ramas, pero eran planas y oscuras, hechas de grafito y sombra. Colocó cinco de ellas —como si fueran dedos— en el borde e intentó salir. Se empujó hacia adelante hasta que por fin logró escapar. Era un dibujo que ella me había hecho y en ese instante se desdoblaba y cobraba volumen. Cayó con un golpe sordo en el suelo, y eso que antes era hermoso se transformó, en la penumbra, en una bola grotesca.

La bola de garabatos se arrastró por el suelo, dejando un rastro de polvo de lápiz a su paso, acercándose a mí, hasta que por fin llegó a mi brazo. Subió por él y se arrastró nuevamente hasta llegar a mi cabeza.

De su interior salieron más líneas, como si las vomitara, y las colocó alrededor de mi cuello; otras se colocaron sobre mi rostro y otras se enredaron en mis cabellos.

Jaló hacia atrás, abriéndome la boca a la fuerza, y vomitó un torrente de líneas oscuras en mi garganta. De pronto, el mundo desapareció. Me vi rodeado por un montón de trazos que se elevaban en troncos gigantescos, y en cuyas copas se apreciaba la luz del día. Me sentía minúsculo en aquel bosque de papel y neblina.

Cuando reconocí los pinos y los árboles que se encontraban ahí, el corazón me dio un vuelco. Entendí dónde estaba: era el dibujo que ella había hecho para mí, y ahora yo estaba atrapado dentro.

Deseaba encontrarla entre sus trazos; quería que saliera detrás de uno de esos troncos gigantes, o que, al adentrarme en el bosque, la encontrara tomando calor frente a una fogata, a un lado del río de grafito. Así que emprendí la búsqueda, la cual no duró mucho tiempo: los trazos tenían un límite.

Llegué al borde del mundo. Los árboles aquí no estaban completos; eran apenas siluetas esbozadas con tiza. Debajo de ellos, enorme y definitiva, estaba su firma. Me puse de cuclillas para palparla, y en cuanto la toqué, el suelo comenzó a derretirse. Aquellos dibujos se deshacían como la cera, dejando ver el lienzo blanco nuevamente. Corrí lo más rápido que pude para salvarme, pero fue imposible: el suelo de papel se volvió resbaladizo y caí bocabajo, pegándome en la barbilla, provocando que mis dientes castañetearan con fuerza.

Me aferré a los trazos borrosos para no ser tragado por el desagüe de tinta que devoraba todo, pero fue inútil. Sentí que me faltaba el aire cuando me apretó aquel diminuto círculo en el suelo.

Desperté exaltado y desorientado; recargué una mano sobre mi pecho y respiré profundamente, mientras la otra la apoyaba en el suelo.

V. EL CULPABLE

Me levanté a medias, sentándome sobre mis talones con la cabeza martillando de horror y tristeza. Deseaba ponerme de pie, enjuagarme la cara y dejar las pesadillas atrás, pero el cansancio me aplastó. Mis ojos se cerraron de nuevo, vencidos por el dolor, arrastrándome a un nuevo letargo.

—Tú la alejaste —susurró una voz. No venía de lo alto, sino que resonaba entre el piso y mi oreja, pegada al frío suelo—. Sigues llorando como un niño, incapaz de aceptar tus propias actitudes, tu inmadurez.

Intenté tomar mi cuello con ambas manos, pues sentí que me ahogaba, pero estaba paralizado. No podía mover mis extremidades; estaba condenado a seguir escuchando la voz que retumbaba dentro de mí.

—Te gusta sufrir —continuó—, lo sabes, porque siempre haces lo mismo. ¿Crees que tendrás algo en serio si todo lo que sabes del amor es por películas y series de televisión? Mírate, buscando culpables en los fantasmas de tu cuarto porque no tienes el valor de verte al espejo.

Las lágrimas comenzaron a escurrir por mis mejillas. Traté de quejarme, haciendo una mueca de dolor, pero mis músculos no respondían.

Aquella voz no causaba ecos majestuosos ni vibraba en el viento; era seca, cruel y humana.

—¿Por qué sigues pensando en ella? —se burló, soltando una risa que taladraba mis oídos—. Ella ya está saliendo con más personas. Ella misma te lo dijo. Y tú sigues aquí, atado por tu propia incapacidad de amar.

«¡Cállate! —grité en mi mente, retorciéndome contra la parálisis—. ¡Si no vas a devolverla, déjame en paz! ¡Déjame hundirme en silencio!»

—¿O qué? —susurró la voz.

Sentí la última vibración en mi pecho; sentí mis cuerdas vocales tensarse y mis labios moverse al pronunciar esas dos palabras.

Abrí los ojos de golpe, liberado de la parálisis, tomando una bocanada de aire en medio del silencio aplastante de mi habitación. Estaba solo. No había nadie más que yo. No había a quién más culpar.

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