Cae el Telón – Parte 2

INTERLUDIO

Me levanté de la silla arrastrando los pies para tomar un poco de aire. Me encaminé hacia la cocina buscando otra botella que adormeciera el recuerdo, y al abrir la puerta del refrigerador me quedé en silencio, sin recordar para qué había ido.

«Hace tanto que no pensaba en eso», dije en mi cabeza, aún sosteniendo la puerta abierta, justo antes de que otro recuerdo me asaltara.

En mi cabeza, volví al momento exacto en el que me dijo «te amo» por primera vez. Recordaba cómo me miró con una expresión seria después de que se le escaparan esas dos palabras; yo la aparté un poco, incrédulo, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Los sonidos y las luces del lugar se acallaron, mientras la melodía de su voz rebotaba en mi cabeza, provocando que un calor repentino me subiera al pecho y me obligara a bajar la mirada, desarmado por completo.

Tomé la botella y la destapé frente a la ventana de la cocina. Observé cómo pasaban algunas personas por la calle, cubiertas hasta la nariz con bufandas y chamarras. La luz de las luminarias descubría las pequeñas gotas de agua que caían, mojando el pavimento.

Un auto se estacionó momentáneamente frente a mi barandal y me tensé. Sus luces traseras brillaban en rojo y los escapes despedían el humo espeso de la combustión en el aire frío. No tardó mucho en arrancar; yo sostuve la cortina de la ventana y lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre las cuadras.

Fui de nuevo hacia la computadora y revisé la hora.

11:08 p. m.

Me quedé muy pensativo y decidí poner música para relajarme. Reproduje una lista en aleatorio y me recargué por completo en la silla. Miraba hacia el techo, girando de un lado a otro, mientras trataba de no pensar más.

Pero fue como si el reproductor supiera exactamente lo que intentaba evitar. Comenzó a sonar una canción de ABBA, la misma que sonaba una y otra vez cuando veía sus historias de Instagram. El ritmo alegre y brillante era una burla cruel.

Me enfoqué tanto en la canción que la mente me traicionó y me sumergió de nuevo en mis recuerdos; me arrastró nuevamente a esa noche en la que no sabía si sobreviviría por no verla.

VI. TU VIL ROMEO

Después de haber estado por varias horas en una mala posición en el suelo, me levanté y me senté en el filo de la cama, con la mirada perdida, más allá de mis pies, y con los ojos ardiendo.

La culpa era demasiado pesada para soportarla en mi habitación vacía, así que mi mente se rebeló contra la idea de ser el villano. Me engañaba diciendo que ella no me había dado la comprensión que necesitaba; que el último domingo que hablamos no pudo comprender mis palabras, a pesar de demostrarle con lágrimas mi sufrimiento.

Sentí coraje y la tristeza se transformó en rabia. Una fiebre me subió hasta el cráneo, nublándome el juicio y quemando la poca cordura que me quedaba. Los músculos de mi cuello se tensaron, saltando a la vista, y apreté la mandíbula hasta que los dientes me rechinaron.

Me sentía humillado, como un desterrado de su vida, y no encontraba una mejor manera de demostrarlo. Ya había llorado lo suficiente y el fuego dentro de mi cuerpo no se apagaba; estaba quemando lo que restaba de mí. Era un dolor insoportable, una herida a la que no le podía aplicar presión.

Me debatía entre culparla a ella o a las presiones externas que posiblemente impulsaron nuestro declive. Todo me parecía una locura cuando lo analizaba de nuevo, pero no lo era tanto si recordaba el amor que me tenía. Cuando creí que nunca me habría abandonado, comenzaba a llorar otra vez. Pero luego caía en cuenta de que esos factores —como la competitividad que tenía con su hermana, o la presión que recibía por parte de sus papás— no podían suplantarla y tomar las decisiones que ella tomó.

Pero otro tipo de fuerzas —la energía de mi ser, el deseo ferviente de tenerla, que renacía cada vez que la recordaba, y la necesidad casi doliente de escucharla— me impulsaban a buscarla. Y me sentía doblemente desgraciado al recordar lo que dijo: ya estaba conociendo otras personas. Apenas se tomaba la molestia de leerme cuando le escribía, importándole poco que entre oraciones suplicara su regreso.

Mi subconsciente lo dejó más claro y la apuntó como una enemiga; la culpa ya no recaía solo sobre mis hombros, ahora era suya. La maldecía y, de no ser por mi falta de fuerzas, habría tirado todo lo que tenía al frente. Habría destrozado mi propia habitación. Me imaginaba barriendo los estantes de un manotazo, destrozando los lomos de mis libros favoritos contra el suelo, haciendo estallar los frascos de loción contra la pared. Quería tomar el cuadro y el escrito que me había hecho y rasgarlos hasta dejarlos irreconocibles. Lo que antes me hacía feliz, ahora me daba asco.

Me entraban ganas de llorar, pero mi entrecejo se volvía a fruncir al recordar que ella no entendió lo que atormentaba a mi alma, cuando me sentía un monstruo, cuando quería llevarme las manos a la cara por la vergüenza.

Me sujetaba la cabeza por la desesperación, mientras el cabello se levantaba por encima de mis dedos y pensaba:

«¿Qué habría pasado si me hubiera dicho “pronto volveré”?»

—Seguramente mi vida no se habría vuelto tan amarga —respondí con rabia—; no habría perdido el rumbo de la vida cada semana y habría aprovechado los fines para hacer algo productivo. Probablemente no me atormentarían los recuerdos al acercarme a su colonia, ni al pasar por su iglesia. Tal vez no habría tenido que decirle a mi mamá, con un dolor en el pecho, que me sentía con mucha falta de cariño, que era un cariño que no encontraba ni en mis amigos ni en mi familia.

»Si ella hubiera dicho eso, yo la seguiría esperando y no habría tenido que darle explicaciones a nadie, ni habría tenido que guardar mis recuerdos en una caja para fingir que ya no me importaba.

Me quité del rostro las lágrimas que empezaban a escurrir y repliqué nuevamente:

—Al día siguiente de despedirnos, no habría tomado tareas al azar para evitar los pensamientos que no me dejaban en paz. ¡Si supiera todas las actividades en las que me involucré para no pensarla!

«Si hubiera ido tras de ella esa noche —pensé con amargura—, bajo la lluvia, tal vez la habría obligado a mirarme a los ojos. Tal vez un beso la habría sacado de su cobardía. Piénsalo, habría visto lo fácil que es arreglar lo nuestro, pero prefirió huir y dejarme este infierno.»

VII. MI ALMA GEMELA

El coraje terminó por vaciarme. Los músculos de la quijada me dolían de tanto apretarlos. Me dejé caer sobre la cama, agotado, buscando desesperadamente cualquier recuerdo que apagara el incendio en mi pecho.

Detrás de aquellos recuerdos se atravesó el rostro de su madre. La familiaridad de sus facciones y sus ojos cafés —tan parecidos a los de ella— me inspiraron a imaginar que me tendría piedad y que aún tendría un poco de cariño para mí a pesar de los meses transcurridos.

Deseaba hablar con ella para pedirle un consejo y aprovechar para disculparme por irme de su vida en silencio. Esperaba que entendiera mi aflicción y mi desesperación.

Desde mis entrañas anhelaba que no hubiera interpretado mi falta de palabras como un coraje injustificado hacia ella, y me sentía obligado a contarle la historia de cómo me despedí de su hija bajo la luna llena; pero no sabía qué esperar de eso realmente.

«¿Qué pasaría si me esforzara por contarle la historia que se sabe al derecho y al revés? —me preguntaba—. ¿Qué crees que te dirá? ¡¿Qué esperas de eso?!»

Imaginé su rostro, indiferente, cuando le contara cómo observé que chapoteaban los pasos de su hija entre los charcos de las calles, mientras yo era un refugio de emociones que no salían. En mi imaginación, se burlaba de mis lágrimas al verlas caer contra el suelo mientras le explicaba cómo se partía en dos mi alma al ver la silueta de su hija perderse entre las sombras y las farolas.

Recostado sobre la almohada, mirando el techo, imaginaba lo que le diría si un día me la encontraba por casualidad. «¿Realmente importa explicarle mis torpes conductas?»

Imaginé muchos escenarios en los que me acercaba a la señora y ella salía corriendo como si yo fuera un monstruo. Me vería con repudio, pues mi gracia y mi suerte ya se habían agotado al terminar con su hija. Ni por casualidad sería recibido con una sonrisa, dándome a entender que todo estaba mal.

Si me hubiera mirado al espejo en ese momento, habría visto al verdadero monstruo. No era una máscara; era un rostro endurecido, incapaz de sentir empatía. Era exactamente la bestia a la que su hija le temía cuando era niña: la sombra que se agazapaba en su armario después de apagar las luces. A la que trataba de mantener detrás de las puertas corredizas con la mirada; una sombra que, si apartaba la vista para dormir, saltaría sobre ella con los ojos brillantes, devorando su luz, asfixiando sus sonrisas y arrastrándola a la misma oscuridad en la que yo vivía.

Quería creer que su mamá y yo éramos almas gemelas por la facilidad de entendernos, porque ambos amábamos a la misma persona, porque en ella encontré el refugio de familia que me hacía falta; pero me equivoqué.

Ella era quien ahuyentaba a los monstruos encendiendo la luz del armario, dándole un beso de buenas noches para que cerrara los ojos y soñara en paz; mientras que yo era quien deshizo su idea romántica del amor; a quien le pesaron los ojos por la rutina, por el trabajo, por las responsabilidades, por todas esas comodidades que no tenía, y quien terminó arrastrándola a ella también.

VIII. FUGUÉMONOS

«No puedo ser ese monstruo», pensé, retorciéndome en la cama.

Habían pasado meses desde la ruptura, pero la culpa me asfixiaba. Tenía que demostrarle que podía ser su salvador y arreglar este desastre. A pesar del tiempo, estaba seguro de que encontraría la forma de hacer que volviera a mis brazos.

Tuve una idea y me levanté de un salto a encender el foco y a buscar las fotografías que tenía en la caja plateada, la misma de donde habían salido los trazos que me arrastraron a su mundo. Las pasé una tras otra hasta detenerme en la última en la que salíamos en su casa.

Sonreí ligeramente cuando recordé que antes de tomarnos esa foto habíamos comprado dos bebidas y las habíamos escondido en el árbol del vecino, antes de que llegaran sus papás. Minutos después, justo mientras intercambiábamos saludos en la entrada, escuchamos el cristal haciéndose añicos. El vecino acababa de tirarlas a la basura.

Estuve a punto de pasar a la siguiente fotografía cuando pensé:

«Esa vez le dije que nos fugáramos para estar más tiempo juntos y olvidarnos de los horarios y las reglas de sus padres».

Claro que había sido un comentario gracioso, pero podía hacerlo realidad. Comencé a pensar de qué forma llegaría; incluso creí correcto pedirles un favor a sus amigas. Tal vez no fuera oportuno molestarlas, pero esperaba que entendieran las ganas que tenía de verla.

Mi razón cedió ante la locura, alentando más la idea de escaparnos. Si sus amigas no quisieran ser mis cómplices, entonces iría a su casa a medianoche. «No estamos lejos —pensé—. De cualquier modo, ahora mismo podría ir.»

Quería que nuestra huida fuera silenciosa, aprovechando que lo único que se escuchaba en la noche eran los grillos; imaginando que se mezclarían con nuestras risas de complicidad.

Me pareció el plan perfecto, así que puse manos a la obra. Levanté la caja y saqué por debajo hojas blancas —reservadas para escribirle cartas— y las esparcí por el suelo, alrededor de mí, colocándome de cuclillas.

El ruido del papel se escuchó como latigazos y despertó a mis gatos, que despegaron los párpados suavemente, extrañados por mi imprevista energía.

Escribí en una hoja los sitios a los que podríamos ir, enlistándolos del mejor al peor. Fácilmente anoté cinco municipios y dos estados. En otra hoja, escribí los artículos básicos que debía llevar en la maleta:

 Cepillo de dientes (el azul)
 Tres cambios de ropa (incluyendo la camisa roja)
 Cartera (con la INE y las tarjetas de crédito)
 Cargador
 El perfume que le gustaba
 Documentos importantes (están en el último cajón del buró)

En la hoja a mis espaldas anoté los ingresos mensuales que percibía y los separé con una línea a la mitad para calcular los gastos que tendríamos. Según mis cuentas, podíamos costearnos una renta de ocho mil pesos mensuales. Pensé que tendríamos que vivir apretados los primeros meses, pero después podría conseguir un mejor trabajo o estar en dos a la vez; emprender un negocio o hacer posible su sueño de ser estilista de modas.

No contemplé los gastos de su universidad ni sus necesidades más allá de las básicas porque me sería imposible pagarlas. Fue ahí cuando razoné un poco y pensé que era una estupidez. Pero no me importó. Creí que al seguir trazando el plan encontraría una forma de hacerlo posible; siempre la encontraba.

Cuando mis piernas se cansaron de estar en cuclillas, me tiré hacia atrás, apoyándome con las manos. Me detuve a descansar y en mi cabeza comenzó a proyectarse la película de cómo sería recuperarla.

Me vi aventando una piedra a su ventana a la mitad de la noche; la vi asomándose al marco, con el rostro dividido entre el miedo y la esperanza. Con un pijama rosa saldría por la puerta trasera, evitando que nos descubrieran como solo ella sabía hacerlo. Se sabía todos esos trucos. Me vi tomándola de nuevo entre mis brazos, colocando mi barbilla en su coronilla, permitiéndome oler el rico aroma de sus cabellos.

¡En qué estaba pensando!

Cuando sus padres vieran que bajo las sábanas solo había almohadas, se desataría el infierno. Irrumpirían en el departamento barato donde nos estuviéramos quedando, tumbando la puerta a golpes, furiosos por tratar de detener la locura que estaba a punto de revivir nuestra relación.

Regresé la vista a la hoja donde había escrito los sitios a los que podíamos ir y los repasé con cautela. Mis ojos, llenos de venas rojas, trataban de concentrarse en un lugar accesible para ir y venir del trabajo, y que ella no tuviera problemas con sus clases. También me pregunté a dónde más podríamos viajar en caso de ser descubiertos, pero no se me ocurría nada. Quise revisar en los mapas del celular, pero estaba sin batería.

Esas ideas estaban destinadas al fracaso. El problema no era que nos descubrieran, como unos huerquillos haciendo travesuras; el problema era que ella empezaba a salir con otras personas.

Pensar eso nuevamente hizo que el estómago se me revolviera. Me arqueé, tosiendo con náuseas violentas, y las lágrimas volvieron a subir a mis ojos.

IX. LA BODA

Recogí las hojas del suelo, apretándolas y arrugándolas, y apagué las luces, pero las ideas y los pensamientos nefastos no paraban de llegar a mi cabeza.

Dentro de unas semanas se casaba un amigo y creí que sería buena idea buscarla y pedirle que me acompañara por última vez; estaba seguro de que sería una noche inolvidable.

Me dejé caer en la cama, rebotando boca arriba, y fantaseé con ese pensamiento. Me pregunté qué pasaría si ella no asistía. ¿Cómo le explicaría a mis amigos y conocidos que mi relación perfecta no lo era? ¿Cómo les explicaría que no tuve oportunidad de arreglarlo? ¿Qué haría con la pena que me acompañaría mientras platicara todo eso en la cena, sentado frente a sus caras de desconcierto, mientras los meseros pasaban a nuestros costados? No quería que me tuvieran lástima, y sabía que me avergonzaría el hecho de no poder mantener una relación como todos los presentes.

Me moví hacia la derecha, colocando mi brazo debajo de la almohada y mis gatos se acostaron sobre mis piernas. La curvatura de mi mejilla comenzó a humedecerse hasta que parecía un río, y luego una cascada.

Mientras me dolía el corazón y me removía en la cama, el subconsciente comenzó a ceder a la somnolencia y, por fin, al sueño. Entre mis últimos pensamientos, deseaba que ella también recordara nuestra relación; que, a su almohada llena de lágrimas, le dijera mi nombre y le confesara cómo se quedó con ganas de seguirme amando.

Cerré los ojos, y enseguida salimos uno detrás del otro de su casa. Las faldas de su vestido verde esmeralda se levantaban por momentos, dejando ver sus tacones plateados. El cabello le caía por la espalda como una cascada en la oscuridad, llegándole poco más abajo del escote del vestido.

La simetría de su rostro me desarmó. Sus labios contrastaban con el color del vestido, y los pendientes de oro blanco brillaban a cada paso que daba, iluminando la noche; cualquiera que tuviese la dicha de mirarla de cerca quedaba encantado con sus movimientos.

Se detuvo frente al portón. Fue entonces cuando me emparejé a su lado.

—¿Se te olvida algo? —pregunté, mirándola y sacando un pequeño tubo dorado de mi bolsillo.

—¡Sí, amor! —respondió, tomándome del brazo con una expresión de preocupación. Sus ojos amorosos me veían hacia arriba—. ¡El labial!

Qué pecado habría sido andar sin colores vivos en los labios con ese precioso vestido.

—Tan descuidada siempre, hermosa —dije, burlón—. Aquí está. Lo tomé al verlo abandonado sobre el peinador.

Se lo entregué y la vi deslizar el color sobre sus labios con rapidez. Apenas terminó, me plantó un beso en la mejilla.

—Para que sepan que tienes novia —dijo, lanzándome una mirada retadora y con la sonrisa que tanto amaba.

Enseguida la señora asomó la cabeza por el marco de la puerta y exclamó:

—¿A qué hora me la vas a traer?

—Antes de la medianoche, señora —contesté—; pero si me da permiso, pasadas las dos de la madrugada.

Frunció el ceño y se quedó pensativa por un momento. Su mirada se suavizó y enseguida habló de nuevo.

—Está bien, tienes hasta las dos para traerla hasta aquí, eh. Solo tengan cuidado y diviértanse.

Nos despedimos de ella con una sonrisa y caminamos hacia la calle. Entramos al auto que ya nos esperaba y la conversación fluyó durante todo el viaje —tuve un déjà vu con esto—. El tiempo y la distancia perdieron sentido, mientras el auto avanzaba entre imágenes difuminadas, con nuestras risas de fondo saliendo por las ventanas y perdiéndose en el ruido de la noche.

De pronto, la marquesina de un casino nos deslumbró. En ella se leía:

Boda de Daniel & Cassandra

Y nosotros, que nos encontrábamos al inicio de un camino de arbustos iluminados, volteamos a mirarnos, alegres y cómplices, tomándonos de la mano. Seguidamente, nos aventuramos por ese camino que serpenteaba hasta llegar a la entrada del casino.

—Después de usted, madame —le dije, mientras jalaba una de las grandes puertas de cristal hacia afuera.

Oh, que vous êtes gentil, monsieur.

—¿Desde cuándo hablas francés? —pregunté, sonriendo ante su repentina sofisticación.

Alzó el mentón con un aire de grandeza y caminó mientras yo la veía nuevamente de perfil, apreciando el broche de su cabello que hacía juego con el color de su vestido. Su rostro se marcaba con la luz amarilla de la recepción del casino.

Rápidamente me reencontré con mis amigos de preparatoria y les presenté a mi pareja con un orgullo que casi no me cabía en el pecho. Uno de ellos faltaba: el recién casado estaba concretando su matrimonio civil en la segunda planta. Algunas personas subían para atestiguar el acto, otros seguían entrando por la puerta principal, y otros pocos se impacientaban ante la demora.

Cuando por fin abrieron paso al salón, nos invitaron a tomarnos una fotografía y escribir un mensaje en el álbum de recuerdos antes de sentarnos en una mesa.

—¿Qué le vas a escribir a tu amigo? —me preguntó.

—No tengo idea —dije, mientras mordía el extremo del plumón.

Me dio un ligero golpe con el codo en la boca del estómago y replicó:

—¡Cómo no vas a saber qué escribirle si lo conoces desde hace trece años! —Me retó con la mirada, pero eso solo me incitó a tomarla de las mejillas y plantarle un beso en los labios.

—Si se tratase de ti podría escribir un libro entero, amor —dije, sin apartar mis manos de su rostro—, solo que entre hombres casi no nos demostramos ese afecto. Supongo que pondré algo como “estoy feliz por tu nueva etapa” o “¡les deseo lo mejor!”. ¿Qué te parece?

Sonrojada y divertida, me pidió que me apresurara porque los invitados comenzaban a acomodarse en las mesas y no quería estar lejos de la pista de baile. Nos sentamos en la segunda mesa después de la entrada, y, seguido de eso, el presentador anunció ante el micrófono que los novios estaban próximos a salir y solicitó que todos se pusieran de pie.

—Familiares, amigos y colados, ¡démosle un fuerte aplauso a los recién casados!

Los novios pisaron la alfombra de terciopelo y comenzaron los fuegos artificiales, cayendo como lágrimas amarillas sobre el escenario.

—¡Que se escuchen más fuerte esos aplausos!

Mientras la pareja paseaba por el escenario, ella los miraba atentamente y yo la veía a ella. Pensaba en cómo sería el día de nuestra propia boda; cómo se vería con el vestido blanco; lo felices que haríamos a nuestros padres cuando anunciáramos el evento.

Cuando la presentación terminó, los novios abrieron la pista bailando entre ellos; eran baladas lentas, pero enseguida siguieron las cumbias norteñas que invitaban a todo el público a bailar. Yo escuchaba la música a lo lejos, perdido en la belleza de mi pareja. Fue entonces cuando me tomó de la mano, estirándome hacia la pista de baile.

La silueta de su cuerpo fue lo último que vi. Las luces coloridas del escenario se fueron apagando hasta que la imagen del sueño se deshizo como humo y, enseguida, comenzó otro.

Ahora me encontraba frente a su universidad. Miré mis manos: sostenía un ramo de flores amarillas. Un murmullo de risas me hizo levantar la vista. En la esquina, un grupo de chicas dobló la calle; una de ellas caminaba con los ojos tapados por las manos de su amiga. La guiaban directamente hacia mí. Se me cortó el aliento. Era ella.

Me enderecé, aferrando el ramo y, cuando le descubrieron los ojos, ella y yo nos quedamos mirándonos fijamente. Corrió hacia mí y me estrujó con un abrazo; no paraba de tocar mi espalda como diciendo que me extrañó sin usar palabras. Yo la apretaba contra mi cuerpo, haciendo que su rostro se recargara en mi pecho, mientras peinaba hacia atrás su cabello lacio.

Sus cinco amigas se encontraban a pocos metros de distancia, apreciando la escena, indecisas de seguir ahí o irse a sus clases.

Una ventisca nos atravesó y juré sentir el sabor de su boca en la mía; ella no lo sabía, pero estaba muy necesitado de probar de nuevo sus labios.

Se acercó a mi oído e imitó nuestro sonido particular:

Nsst, nsst, nsst, nsst.

Sonreí como desde hace tanto no lo hacía, y ella tomó la iniciativa exclamando y rompiendo el silencio:

—Te extrañé. Han sido días muy largos desde que ya no estás. Mi hermana también terminó con su novio y siento como si todo hubiera cambiado. ¿Por qué nunca fuiste a verme?

—Dijiste que estabas saliendo con más personas —respondí con humildad.

—¡Con quién habría de salir si sabes que solo quiero estar contigo! No entiendo por qué te comenzaste a comportar tan extraño las últimas veces que nos vimos.

—Discúlpame, no fue mi intención. Estaba…

Traté de explicar con desesperación mientras mis palabras se atoraban; mi sinceridad me cristalizó los ojos, y enseguida me colocó el dedo índice en los labios, silenciándome.

—Ya no importa —dijo, y su tono cambió de repente, volviéndose distante—. Ya casi vienen por mí y no sabría qué explicar si me ven contigo. Cuídate mucho.

Se despidió, alejándose, mientras yo me aferraba a lo único que tenía en las manos. El celofán del ramo comenzó a cuartearse entre mis dedos, haciendo un ruido seco. Quebrándose. Y, de esa misma forma, el sueño se deshizo.

X. UN DÍA A LA VEZ

Cuando amaneció y el sol comenzó a calentar mi habitación, abrí los ojos; me ardían al rojo vivo. Abrazaba mi almohada y tenía una extraña mezcla en el pecho: sentía que me faltaba algo, pero, al mismo tiempo, sentía alivio.

Me levanté y miré la hora en el reloj de pulsera y advertí que se me hacía tarde para irme a trabajar. Tuve que arrastrarme hacia la ducha para quitarme la cara que traía, mientras mis gatos dormían otro tanto, desvelados por mi culpa.

Tomé las toallas y me encerré en el baño. Agarré un jabón nuevo y abrí la llave del agua caliente. Después de desnudarme y entrar bajo el chorro de agua, me pregunté si era verdaderamente necesario ir a trabajar ese día.

«Debo aventurarme de nuevo a ese mundo donde habrá tantas siluetas parecidas a la de ella —pensé—. En donde en cada esquina creeré verla, y no me siento listo».

El sol que calentaba era perfecto; podía verlo a través de la ventanilla del baño, y recordé esos días en los que caminaba por las praderas de su privada, escuchando canciones que me inspiraban a sentirme enamorado, a punto de llegar a su casa para que me recibiera con besos. Fue por entonces cuando comencé a escribir un relato llamado Un día a la vez, solo que tenía un desarrollo diferente y ni siquiera se llamaba así.

Aquel escrito con concepto de amor, inspirado en los domingos soleados en los que pasaba al lado de la plaza principal de su colonia, terminó dando paso a un relato de tristeza. Me encargué de que todo fuera lo opuesto. En el original, entraba por el portón del lado norte, tarareando mis canciones, feliz por ir a verla; y en la versión final, entraba por el lado sur, arrepentido, sabiendo que esa noche terminaría nuestra relación.

Me recargué en la pared mientras el agua seguía cayendo y exhalé al pensar que, tal vez, al regresar ese día a mi casa, vería de nuevo su auto estacionado frente a mi barandal. Que, al doblar en mi calle, su fantasma me estaría esperando; que la misma obra se repetiría con el mismo dolor. Se me detuvo el corazón al imaginar que estaría así toda la vida y que, posiblemente, no encontraría a quien me amara porque no lo merecía.

—Sé que pronto dejaré de ser este hombre —exclamé en voz baja, mientras mis lágrimas se mezclaban con el agua de la regadera.

Ya no quería seguir siendo el que corría de un lado a otro; el que buscaba validación; el que no podía tener algo porque, apenas lo obtenía, quería más. Necesitaba ayuda.

Mi mamá se acercó a tocar la puerta del baño para preguntarme qué deseaba para desayunar, y eso me ancló a la realidad. Sentí el peso de su preocupación, el único afecto que aún me mantenía en pie.

Terminé mi ducha y cerré las llaves. Fui al espejo del lavabo y comencé a afeitarme la barba. Mis labios aún apuntaban hacia abajo, atrapados en una mueca de tristeza, pero con cada pasada del rastrillo descubría al hombre que quería ser: al que siempre se veía aseado y fuerte.

Pensé en qué habría pasado si hubiera terminado aquel escrito a tiempo. Tal vez habría cambiado algo de lo que pasó al final. Tal vez habría evitado ese desenlace.

—En éxitos del 2000, hoy les traemos Un Beso de Desayuno de Calle 13 —anunció el presentador del canal de música que se escuchaba de fondo en la televisión de la sala.

Eso me elevó el ánimo. Mientras movía la cabeza al ritmo de la canción, limpiaba el rastrillo de los restos de jabón. Luego, fui a mi cuarto y enchufé el celular que se había quedado sin batería. Me puse unos jeans y una camisa azul marino, y me eché loción alrededor del cuello y en la ropa.

Miré el frasco del perfume que a ella le gustaba (quedaban apenas unas gotas) y lo guardé en el fondo del cajón. Todo lo que tenía que ver con ella tenía que acabarse, y aunque no sabía cómo sentirme ante eso, era momento de empezar a olvidarla.

Me coloqué el reloj en la muñeca izquierda y fui al comedor para desayunar. Mi madre ni se percataba de la mala noche que había pasado, y eso me parecía lo mejor; probablemente la habría preocupado demasiado si me hubiera escuchado llorar en el suelo.

Me cepillé los dientes y recogí lo necesario para sobrellevar el día. Al salir a la calle, recibí un mensaje de mi mejor amigo preguntándome qué haríamos en la noche. Eso me hizo darme cuenta de que, afuera de mi propia cabeza, la vida de los demás seguía existiendo.

Cuando caminé hacia la parada del camión, la luz de la mañana lo bañaba todo. Era un hermoso día, absurdamente colorido para el infierno que llevaba por dentro.

La vibración del control blanco sobre mi escritorio me trajo de vuelta a la realidad.

Parpadeé, enfocando la vista en la pantalla del monitor. El silencio de la casa de pronto se hizo evidente. El partido de FIFA que había dejado pausado seguía ahí, esperando. La escarcha de la botella de Skyy ya se había derretido por completo, dejando marcas de agua.

Había dejado de recordar.

Solté un suspiro largo, cerré el juego y, antes de apagar la computadora y que sus luces y ventiladores finalmente se detuvieran, sonreí al darme cuenta de cómo me sentía antes, comparándolo con la paz que sentía ahora.

Qué rápido había pasado el tiempo, y, sobre todo, comprobé que tenía razón: no me morí de amor.

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