PRIMERA PARTE
PESADILLAS
1
Dos siluetas bajaban por la calle “De los Pinos”, un nombre que se repetía en cada intersección en letreros metálicos pintados de amarillo. Las ramas de los árboles crujían con el viento, haciendo movimientos similares a los de un resorte. La luna avanzaba detrás de ellos, evitando que las sombras se alargaran al pasar bajo las farolas.
La voz aguda y rítmica de un niño empezaba a resonar en cada rincón, rebotando contra las fachadas cerradas de los vecinos. En la acera de enfrente, un señor sacaba dos bolsas negras llenas de desperdicios, colocándolas junto a la basura del vecino. Sobre esa misma acera, comenzaban a apagarse las pocas luces de las salas que aún quedaban encendidas.
El niño caminaba dando saltos alegres; ese día había estado lleno de emociones, según él. Contaba lo que había hecho en la escuela durante el recreo: una guerra de huevos y confeti dividida en dos ejércitos, niños contra niñas.
—¡Y entonces Jaime sacó el huevo de la bolsa, abue! —gesticulaba con la mano libre, mientras la otra se aferraba a una bolsa de mandado que le rozaba la rodilla—. Marisa ni cuenta se dio. Solo se encogió así, de hombros, esperando el golpe con las manos al cielo. ¡Y el huevo no se rompió! ¡Le rebotó en la coronilla como si fuera de piedra!
Se detuvo a reír con una carcajada estrepitosa que se cortó cuando una ráfaga de viento frío le silbó entre las piernas. Metió la mano libre en el bolsillo de su pantalón para calentarse y apretó los hombros. No era solo el frío lo que le provocaba esa sensación, sino también ver sombras pasar a lo lejos. Se preguntaba a dónde irían tan tarde, si eran personas reales o fantasmas, como los que aparecían en las películas.
A su lado, la abuela caminaba con un ritmo pesado, casi mecánico. Llevaba una bolsa en cada mano. Sus dedos, apretados por el plástico, habían pasado del rojo al blanco y, finalmente, a un tono violáceo que el niño no notaba.
—La maestra salió gritando —continuó él, recuperando el ánimo como un pico de adrenalina. Luego, bajó el tono como si contara un secreto dijo—: Estaba roja, roja. Usó una palabra muy rara para regañar a Jaime… una que nunca había oído. Quería que me la explicaras, pero se me olvidó en el camino. Si me acuerdo, ¿me dices qué significa?
La abuela no respondió. Sus ojos no estaban en su nieto ni en la calle, sino en algún punto invisible un metro por delante de sus pies. Su cabeza iba llena de preocupación: lo que llevaban en las bolsas apenas les alcanzaría para tres días. El eco de la voz aguda era solo ruido de fondo, una radio encendida que no podía apagar. En su mente sonaba otra voz: la del panadero.
—¿Otra vez quieres que te fíe, Roberta? —recordaba la señora, odiando el tono de aquel viejo de barba mal cortada y con mandil lleno de harina—. Mira, aquí tengo que me debes cien pesos desde hace dos semanas. No puedo estar regalando mi venta.
—Tenía contemplado pagarte hoy, créeme, pero me descontaron dinero de mi cheque y no he podido arreglarlo. El próximo viernes te pagaré todo, incluyendo estos panes.
El panadero la miró desde arriba, marcando sus cejas pobladas; luego miró hacia afuera, donde Julián jugaba con sus agujetas, y volvió a clavar la vista en ella.
—Está bien, pero me tienes que dejar al menos veinte pesos.
Ella sacó un puñado de monedas de a peso y las dejó caer sobre el mostrador, rebuscando en su monedero. El panadero hizo un gesto de disgusto y las empujó hacia el suelo de forma violenta. Roberta apenas retrocedió, viendo las monedas rebotar en la madera antes de que el hombre gruñera:
—No quiero morralla. El próximo viernes me traes el dinero completo.
La señora apretó el puño y la mandíbula al revivir el recuerdo. Las bolsas se tensaron hacia arriba y rebotaron un segundo después.
—¡Ay! —se quejó Julián, cambiando la bolsa de mano—. Pesa mucho, abue. ¿Podemos descansar?
Ella volteó hacia él con los ojos vidriosos y rojos de coraje, pero, antes de que pudiera decir algo, un silbido agudo rasgó el aire.
¡Fiuuuuum!
Un estallido de luz verde bañó la calle, seguido de un estruendo que hizo vibrar los vidrios de las casas. Julián se detuvo en seco, con la barbilla apuntando al cielo donde la estela de humo aún ensuciaba el aire.
—¡Mira, abue! ¡Ahí va otro! —gritó, señalando un nuevo cohete que estalló en destellos rojos.
La abuela también miró y aprovechó para dejar las bolsas en la banqueta y frotarse las manos entumecidas. Observaba el cielo con indiferencia. Para ella, los cohetes no eran celebración; eran ruido que asustaba a los perros y dinero quemado en el aire.
—Sí, Julián. Muy bonitos —murmuró sin entusiasmo. Sus ojos saltaron de la cara iluminada del niño a la calle oscura, temiendo que, en un descuido, él corriera sin mirar y algún automóvil lo atropellara. Era poco probable; las avenidas principales estaban a los laterales de la colonia. «Uno nunca sabe —pensó—, los accidentes pasan».
—Vámonos ya, que es tarde —repitió.
—¡Pero mira ese otro! ¡Qué hermosos colores!
Julián reconoció los colores: estaban en las banderas de papel picado de la escuela. Era un día festivo, pero no sabía lo que se celebraba realmente. A lo lejos, en el centro de la ciudad, la gente gritaba y bailaba, rodeada de puestos de comida con ollas relucientes y olor a grasa frita. Se preparaban para dar el Grito de la Independencia mientras que, para él, lo único que existía eran las luces que rasgaban el cielo.
—Vámonos —insistió la abuela con un tono que no admitía réplicas—. Si llegamos rápido, podemos cenar pan con leche. Yo pido la concha de vainilla.
—¡Y yo el cochinito! —gritó Julián con un tono agudo. Ella se encogió de hombros, pero sonrió.
Al doblar hacia la calle Del Roble, escucharon movimiento en la primera casa. Miraron el gran patio a través de la malla galvanizada; esa casa era conocida por albergar animales de todo tipo: gallos, gallinas, gatos, perros, cotorros. Julián sacó del bolsillo una pequeña linterna que, en el otro extremo, tenía un láser verde que tenía prohibido apuntar a la gente. Se detuvo y alumbró hacia el patio. El círculo de luz recorrió el suelo; vio cómo los perros inflaban el estómago al dormir. Luego movió la linterna hacia la izquierda y notó algo blanco obstruyendo la vista.
—Julián, ya vámonos —insistió la abuela.
Él no la escuchó. La luz apenas llegaba hasta allá. Notó un cable que corría desde el muro izquierdo hasta el derecho y supuso que era un tendedero. Parecía que lo que tapaba el paso era una playera blanca, pero no podía asegurarlo. Se acercó más a los rombos metálicos de la cerca, mientras apretaba la linterna, inmerso en descubrir qué era aquello que se movía.
Sí era una playera, pero una mano la removió de golpe.
—¿Quién anda ahí?
El niño apartó la luz y retrocedió, sorprendido. La luz de la luna mostró el rostro de una anciana de cabello canoso hasta los hombros. La mujer, alta y huesuda, reconoció a Roberta.
—Ah, son ustedes. Dije: quién me anda aluzando tan noche. Hola, ¿de dónde vienen?
—Buenas noches, venimos de la panadería —respondió Roberta, disculpándose de inmediato por la imprudencia de su nieto.
—No te preocupes, yo entiendo cómo son los niños. El otro día tu vecino, el hijo de San Juana, casi me atropella con su bicicleta. Ahí sí me molesté, pero estos niños de ahora no entienden con palabras, ¿no es así, Julián?
Lo miró con una simpatía que a Julián le resultó inquietante; él prefirió esconder la cabeza sin dejar de observarla.
—Le digo que ya debemos irnos, pero no me hace caso —dijo Roberta—. Con los fuegos artificiales tenía el pendiente de que se cruzara la calle sin precaución.
—No te preocupes por eso —respondió la anciana—, ya sabes que aquí no pasan muchos autos. Lo que debería preocuparte son los extraños que vienen de la colonia de enfrente. —Bajó la voz y continuó—: He notado que vienen muchos inmigrantes; no deberías arriesgarte a salir con tu nieto tan tarde, nunca sabes de lo que son capaces.
Roberta no se lo tomó a mal; sabía que la mujer era alguien mayor (aunque, ciertamente, no sabía qué edad tenía), que había vivido en otra época, donde las cosas eran distintas.
—Lo tomaré en cuenta. Ya tenemos que irnos, que pase buena noche. Descanse.
La anciana se quedó agitando la mano mientras Julián la miraba al cruzar la calle. Después de unos segundos, la mujer entró en su casa. Julián miró a su abuela con dudas, pero decidió caminar en silencio, frotando sus dedos sobre las paredes como si las rayara.
Al llegar a casa, el tintineo de las llaves sobre la mesa del vestíbulo marcó el final del trayecto. Julián corrió hacia la cocina encendiendo las luces del final del pasillo. Roberta lo siguió arrastrando los pies y dejó las bolsas sobre la mesa con un suspiro de alivio. Se masajeaba las manos para que la sangre volviera a circular.
Julián parecía inyectado de electricidad. Abrió el refrigerador, pero al verlo vacío recordó que la leche seguía en una de las bolsas. Se trepó en una silla para alcanzar el chocolate en polvo, balanceándose peligrosamente antes de sujetarse de las manijas de la alacena. Bajó dos vasos de vidrio, los lavó con rapidez en el fregadero y los llevó a la mesa.
Roberta vaciaba la despensa: latas de atún, fideos, frijoles, más latas, pero de elote, y leche entera. La bolsa pequeña de papel café asomaba dos panes de dulce y un par de manzanas que rodaban lentamente.
—Aquí están, abuelita. Ya los lavé —dijo él, estirando los vasos mientras ella intentaba atajar las manzanas.
—Julián, eso todavía tiene jabón en el fondo. Ten cuidado, vas a tropezarte.
Antes de sentarse, la señora ordenó los víveres y volvió a sentir la angustia de no tener más dinero hasta el próximo viernes. «Qué pena si tengo que volver a pedir prestado a mi hijo, pero no podemos quedarnos sin comer. Tal vez podría pedir tiempo extra en el trabajo, pero ¿con quién dejaría a Julián?»
El niño abrió el cartón y llenó los vasos, derramando un poco de leche sobre el mantel. Roberta desvió la mirada hacia esa mancha y se afligió un poco más. Pensó en que ya no tenía edad para cuidar a un niño; pensó en que, si su esposo viviera, el señor Casasuela, probablemente lo habría azotado con el cinturón. Y no solo eso: la habría culpado a ella por aceptar al niño en su casa y le hubieran tocado un par de golpes también. Roberta Casasuela, quien aún conservaba su apellido de casada, se reconfortaba sabiendo que aquello ya no era su realidad. Había querido a su marido, pero, a pesar de las penurias económicas, ya no tenía que lidiar con los golpes.
La cuchara de Julián tintineaba mientras revolvía el chocolate.
—Gracias —exclamó la abuela cuando el niño le pasó su vaso.
Cenaban en silencio. La señora perdía la mirada en la esquina de la sala, justo detrás del televisor que tanto amaba Julián. La oscuridad ahí no era tan profunda; la luz de la calle se filtraba por las cortinas, dibujando formas inciertas.
De vez en cuando se oía el crujido de la madera y el masticado rítmico de Julián.