En el crepúsculo tu cabello era un mar de grandes olas, olas nocturnas que solo se aprecian en la penumbra. Su repentino brillo opacaba todas las luces y las estrellas, haciendo contraste con el profundo azul marino que da a la nada.
Con un oleaje volteaste a verme y por fin logré ver tus ojos cafés. Te hablé, y nuestras palabras deshicieron la duración del viaje.
No creí encontrar una dama tan hermosa que amara el arte, y el aire se suavizó al ver cómo te colocabas los lentes.
Me sorprendí en el asiento cuando tus libros resplandecieron; el dorado y el plateado me deslumbraron, asomando un par de notas.
No te miento, cambiaste algo en mí desde que vi tus oleajes a lo lejos. Removiste telarañas que se incrustaban en derredor de mi corazón.
Tu gusto por libros de política y tus palabras fueron una revelación. Eras tú a quien esperaba mi honesto corazón, empolvado por los años.
Solo quiero demostrarte lo que he aprendido sobre el amor después de haber navegado en la soledad.