Mateo 6:34: Un día a la vez.

Corrí hasta la calle principal de la privada mientras la lluvia azotaba la avenida. Me topé con el portón de acero galvanizado e intenté abrirlo con insistencia; en mi cabeza, golpeaba y estrujaba el metal exigiendo respuestas.

Me apresuré a caminar por la calle Magnolia. El pelo se me pegaba a la piel como papel remojado y yo intentaba apartarlo con mis manos nerviosas. Me invadió la angustia de lo que pasaría después de esa noche y pensé:

«Probablemente tendré que evitar las siluetas que se asemejen a la suya, aquellas que de espaldas me roben un suspiro al recordar que estamos sin coexistir en el mismo lugar. Cuando gire la perilla de la puerta principal de mi casa, ya no saldré a ver ese mundo verde que me hacía imaginar; esa puerta se extenderá ahora hacia el infinito, mostrándome el vacío de un futuro incierto. Esa misma puerta donde veía a la gente pasar a través de sus cristales, ahora detendrá el tiempo y tendré que secarme las lágrimas antes de atravesarla. Cada que toque la perilla recordaré la docena de veces que me aventuré con ella a ese mundo verde, donde ahora solo habrá oscuridad.»

Pasé a un lado de su cuadra y el estómago me dio un vuelco. Después se convirtió en un nudo que subió hasta mi garganta; pero eso no me detuvo y subí a la siguiente acera.

—¿Y si reiniciamos el conteo y volvemos a empezar? —me pregunté—. Me presentaría nuevamente con la intención de evitar lo que está por decir; me aprendería de nuevo sus intereses y podría apreciarla leyendo uno de sus libros con colores elegantes: plateados y dorados. Y cada que amaneciera agradecería tener como pareja a la persona más noble que he conocido; con esto en mente podría volver a escribir.

»Estaría tan lleno de vida y gratitud que mis emociones se reflejarían en cada oración, antes de cada signo de puntuación. Y de su parte, nacerían más árboles en sus trazos, justo como el bosque que me enseñó y me dejó boquiabierto; ese mismo de la niebla. Modesta, diría que no son tan buenos, y yo apretaría su mano con la mía, lanzando una sonrisa que la haría sonrojar.

Tal vez sí había una forma de empezar de nuevo. No había nada tan grave que no pudiéramos arreglar.

«Si crees que nos hemos perdido, nos podemos volver a encontrar», susurró una voz en mi cabeza, dándome ideas de lo que podía decir al llegar.

Pasé frente a La Esquina de los Besos caminando rápido, pensando que en otro momento estaría ahí con ella, abrazándola y besándola. Asimismo, la escena de la última plática que tuvimos el domingo en su casa me asaltó la cabeza.

—Recientemente he estado distante porque perdí la dirección de mi vida —recordé que le decía cuando nos encontrábamos en el sillón—. Me siento derrotado y sin rumbo. Justo ahora me siento incómodo en mi propio cuerpo, como si fuera un traje que me queda grande. Ya no siento andar sobre mis pies, ellos me arrastran como la corriente de un canal; como el mar que llega y toma todo lo que hay, y de forma violenta regresa y se lleva lo poco que resta.

»No alcanzo a comprender tu forma de ver la vida, pero necesito que tú me entiendas ahora porque me siento como un niño perdido y no sé qué hacer. Mis lágrimas no demuestran realmente cómo me siento por dentro. Me perdí y ahora hago cosas para reencontrarme; te ruego que me entiendas. Estoy muy cansado y lamento que tengas que verme así. Sé que quieres algo más lleno de vida, como esos ramos de flores que sueñas recibir. Sé también que anhelas algo más romántico, algo más feliz; pero yo solo tengo este rostro cansado ¡y me avergüenza que me veas así!

Me dolía mucho la cabeza; frotaba mis sienes tratando de aliviar ese dolor y dispersar los pensamientos que me decían que ella no entendió por completo lo que traté de explicarle esa tarde, mientras mi alma temblaba. Mi poco razonamiento la justificó, dándome a entender que estábamos en etapas diferentes.

Brotaron de mis ojos las primeras lágrimas y se combinaron con la lluvia. Cerré los ojos un momento, sintiendo el dolor que llevaba adentro, y mi imaginación la visualizó sola en su cuarto, sobrepensando, mientras sus paredes se burlaban de ella porque su novio no la visitaba.

Mis labios comenzaron a temblar luego de que otro pensamiento me acorralara: «¿dónde estará nuestro balón?» Imaginé que nos esperaba en algún rincón, olvidado, aguardando a que le extendiéramos los brazos para jugar otra vez. El dolor en mi pecho iba en aumento y mis lágrimas se acumularon en las cunas de los ojos hasta nublarme la vista. No quería cerrarlos de nuevo porque entonces respiraría hondo y las lágrimas se derramarían, cayendo como un telón.

Fue tanto el dolor que creí que ya no solo lloraba, sino que sangraba, y que las heridas se abrían en el dorso de mi cuerpo.

Me hiperventilé por la agitación de mi cuerpo y me detuve bajo un árbol para reponerme. Cuando coloqué mis manos sobre las rodillas pensé:

«¿Por qué no podemos ser más fuertes y seguir luchando por nuestro amor? ¿Esto que tengo lo volveré a tener con alguien más?»

Creí adivinar el futuro: estaba seguro de que nos encontraríamos de nuevo en un día cualquiera, en el lugar menos indicado, a la hora menos indicada. Ese día aún estaría pensando en ella. Levantaría la mirada y la observaría. «Ese día ya no serán copias exactas de ti —pensé—, esta vez sí serás tú.» Tratando de detenerla, pronunciaría su nombre para que también me mirara. Probablemente su boca temblaría igual que la mía en esta noche donde el verano no calentó.

Aseguraba que cuando viera su cara se vería igual de cansada que la mía, cansada de tanto extrañarme. De esa boca de donde provenía un te amo, ahora solo atinaría a decir adiós, y desearía que se frenara y me explicara su versión, esa que tanto dolía. Pero no creía que me fuera posible decir algo más que su nombre.

En la siguiente intersección la lluvia apretó más fuerte y el aguacero se pronunció por toda la privada. Desde ahí pude divisar la plaza en la que me esperaba.

Salí corriendo hacia la acera de enfrente, cubriendo mi cabeza con la mochila en la que traía mi uniforme de pelea, un protector bucal y vendas. Atiné a pensar que esto sería un alivio en un futuro, cuando no tuviera ningún lugar para esconderme de mis recuerdos: iría a mi universidad para entrenar y ella nunca me encontraría ahí, porque no tenía nada que hacer allí.

Quedaba menos de una cuadra de distancia entre nosotros, y al descender de la acera rumbo al parque, sentí que las farolas me apuntaban con sus luces, siguiéndome en cada movimiento mientras mis pasos resonaban entre los charcos de la calle.

Fue durante ese último trayecto que una idea me horrorizó: me pregunté cómo sería mirar el espejo de mi cuarto y ver su fantasma detrás de mí, abrazándome después de cenar. Ese mismo fantasma que ríe con dulzura, me ayuda a armar mi computadora y dice cosas graciosas. Imaginé cómo sería ver ese espejismo acostado en mi cama, sabiendo que no podría tocar su cuerpo ni sentir sus cabellos.

Contuve el llanto en el pecho, tratando de aferrarme a la esperanza de que ella tal vez no quería terminarme. Pero la razón se impuso. Era obvio que así sería. Mi segunda familia —su mamá, su papá, sus abuelos— estaba a punto de desaparecer de mi vida. Sentí coraje por lo que estaba a punto de arrebatarme, y una chispa dentro de mí trató de encenderse, pero se ahogó bajo la lluvia; ya no tenía fuerzas para luchar.

Estando próximo a la banca donde intercambiamos regalos en nuestro primer mes, la miré a lo lejos. A pesar de estar bajo un árbol frondoso que se resquebrajaba, el agua se colaba entre las ramas y la mojaba. Quise creer que, si esto terminaba, me buscaría de nuevo, que se arrepentiría al ver al hombre que estaba a punto de dejar anonadado. Pero la realidad me golpeó: ella también estaba sufriendo en el gélido aire que nos cortaba en mil pedazos.

«¡Dios, pudimos haber soportado más que esto!», pensé, pero ya era tarde.

Sollocé en silencio mientras acortaba la distancia. El primer escrito que le dediqué saltó a mi memoria; aquel donde hablaba de sus ojos claros, de cómo brillaban y me alborotaban. Me vi a mí mismo arrodillado pidiéndole perdón, mientras mi corazón me exprimía hasta la última gota de sentimiento. Pero en la realidad, solo seguí caminando.

Al dar el último paso, junté mis pies y quedé al filo de los suyos. Me quedé sin aliento. Me era imposible creer que el final estuviera sucediendo.

Quería recitarle el poema que recién le había escrito, llamado Oleajes. Esperaba que esas letras removieran algo en su interior, evitando que me destrozara con sus palabras para luego darse media vuelta y abandonarme en ese parque. Pero antes de que pudiera abrir la boca, ella vio mis zapatos y levantó la mirada.

Buscó mis ojos con tristeza y apoyó las manos sobre el metal de la banca, haciendo una mueca de dolor que provocó un vuelco en mi corazón.

En ese instante sentí que el mundo se detuvo, y desde entonces mi vida continuó en silencio.

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