Ahora que te encuentras lejos, me salgo en las noches al tejado a pensar en ti. Reflexiono sobre lo nuestro, mientras la luna me contempla tratando de leerme los pensamientos. Pienso en cómo fue tu llegada a tu verdadero hogar, donde tu mamá probablemente te recibió con besos y abrazos, estrujándote fuerte, feliz de tenerte nuevamente en sus brazos. Y detrás de esa imaginación, en el fondo de mi ser, me sigo preguntando si un día la conoceré.
Esta noche, el cariño que te tengo a pesar de la distancia me hace sentir solo. Quiero que te enteres de que después de ti me he quedado mal acostumbrado a ir con una compañera a todos lados. Ahora es mesa para uno en todos los restaurantes y un boleto, por favor en cada función de cine. Es incómodo no caminar a tu lado, tomados de la mano, porque todos los espacios están hechos para dos. Para nosotros dos.
Los recuerdos llegan a mi cabeza uno a uno. Y después, cientos de relojes aparecen con ellos. En primera instancia no lo entendí, pero luego todo fue más claro: «los relojes de la cafetería -pienso, haciendo una pausa-, donde fue nuestra primera cita». Y enseguida se dibuja una sonrisa en mi rostro. Los relojes siguen apareciendo entre lo que realmente ven mis ojos y mi imaginación. «Es una señal», supongo y «es algo descabellado», afirmo, contemplando el cielo despejado, tratando de engañarme con que la idea no me excita, aún con la sonrisa amplia enmarcada.
Antes de levantarme de mi asiento de concreto, vuelvo a replantearme la idea. No sé si estoy tan consciente como creo, pero de un momento a otro ya me encuentro afuera girando la llave en el cerrojo del barandal después de haber tomado mi chamarra y las llaves del vestíbulo.
Ahora el aro de luz, que ilumina el cielo y la ciudad, avanza conmigo y también con los demás pasajeros, pero ellos no prestan atención al entorno. Sus rostros van entumecidos en las pantallas de sus celulares. Lo que me consuela es que algunos de ellos son mis vecinos, y me pregunto a dónde irán tan tarde. Recargo la cabeza en la ventana, observando la distancia que guardan las luces traseras de los autos, pensando que la distancia que había entre nosotros la pudimos acortar por un tiempo a través de las llamadas, aunque no era lo mismo.
En algunas ocasiones lloré escuchándote por el altavoz, lagrimeando sobre la almohada, tratando de mantenerme en silencio para que no te enteraras de cómo me afectaba estar separados. Me hubiera gustado decirlo de alguna manera, pero sabía que eso no cambiaría la existente distancia respecto a tu hogar definitivo.
Cuando el camión se detiene en la última parada, levanto la mirada y noto que apenas se bajan dos personas. «Éramos muy pocos», acepto, subiendo las escaleras hacia el andén.
Es curioso que ahora vaya viajando como todos los viernes cuando estabas aquí, ¿no crees? Sí, es curioso, porque por aquellos ayeres el sol aún cubría una parte en el horizonte. Dada la hora, los asientos van vacíos casi en su totalidad en este instante. Es muy similar, ¿no es así? Sólo que la oscuridad es evidente a través de los cristales del vagón.
El ruido del metal pesado avanzando por los rieles, dando pequeños saltos de un lado a otro, me lleva a aquél entonces cuando iba desarrollando el concepto de tu cariño en mis notas del celular, describiendo cómo alimentabas todos los aspectos fundamentales de mi vida. Ahora mismo el tren se aferra a las vías, yendo hacia el subterráneo, intercambiando la luz natural por artificial. El viento comienza a causar estruendos, sumándose al ruido de la fuerza del vagón, y eso me remonta a cuando aún no estabas ni remotamente cerca de tu casa; cuando caminaba, apresurando, imaginado que ya estabas abordando el autobús, acomodando las maletas en los compartimientos que hay encima de los asientos. Observaba mi reloj ansiosamente. «El reloj… los relojes». Sabía la hora en que ibas a partir y trataba de apresurarme, y a la vez, buscaba algo para llevarte, buscando una excusa para verte por última vez.
Intercambiando entre el presente y el pasado, contemplo la penumbra del túnel que se va despejando por los faros del tren, avisando su llegada desde lo lejos; seguramente, dejando escapar un suspiro de alivio a los trabajadores que esperan en la siguiente estación. Y entonces vuelve a mí la imagen diciéndote te amo, antes de tu partida, robándome un suspiro; cuando el camión arrancaba, dejando ver el reflejo de mi rostro en su largo estampado. Atrapándome en ese momento, en sus colores. Alejándote de mí un lunes a las cuatro de la tarde, mientras el sol se escondía detrás de las nubes, como si entendiera mi sentimiento y me permitiera estar a solas por la ciudad.
El ruido del vagón va quedando atrás, cambiando la forma en que avanzo hacia mi destino: reemplazando sus ruedas por mis piernas. Voy marcando la suela de mis botas en el asfalto. Por fin me detengo frente al pasaje que me lleva directo a la cafetería y las copas de los árboles comienzan a ceder hacia los laterales, dejándome divisar la fachada del lugar. Camino, casi arrastrando los pies. Quiero llegar, pero no quiero a la vez. Quedo frente a ella en la calle de doble sentido, bajo la banqueta, mientras una luminaria deja caer su manto de luz amarillento sobre mí. Devoro con la vista todo lo que se encuentra dentro del local: las mesas, los manteles de puntos negros, la puerta y su timbre encima de ella, el recipiente de propinas, el mostrador… los relojes. Se mueven con un tic-tac que no alcanzo a escuchar en la penumbra que apenas deja revisarlos, y entonces los ventanales reflejan mi sombra alejándose, yendo a dar un último paseo por tu antiguo barrio.
Paso a comprar una bebida a una tienda de conveniencia, tratando de imitar el sentimiento que tendría un viernes como este si caminaras junto a mí de regreso a tu casa, después de haber ido a cenar o a bailar o al cine que ya no existe.
Miro la luna en el despejado bulevar que está a una cuadra de tus antiguas paredes y no me resisto a pasar por ahí por última vez. Busco en mi pecho la calavera de la cadena que te regalé, asimilando el movimiento que me daba valor cuando iba a visitarte, imaginando que sigue colgada de mi cuello. Bajo por la pendiente del bulevar y luego giro hacia la izquierda en tu antigua calle. Mientras más avanzo, mi idea va revelando sus verdaderas intenciones. Nunca se trató sobre la cafetería ni los relojes.
Ahora estoy frente a tu antiguo domicilio, y me parece insuficiente mirarlo desde afuera, limitándome a imaginar cada espacio: la cocina, los sillones, las escaleras… tu habitación. Deseaba que las luces se encendieran, que el portón no tuviera dos cadenas oxidadas por el tiempo, que las ventanas no estuvieran tapizadas con periódico, y que salieras a recibirme. Comienzo a tragarme el aire. Comienza a inundarse mi vista. Tu presencia en mi pecho es demasiado fuerte: está asfixiándome. Y con mi garganta doliendo, me cuestiono desde cuándo comencé a buscarte de nuevo. Tratando de reponerme, me pregunto desde cuándo dejó de importarme que vivas cruzando la frontera. Y, cayendo de nuevo, desde cuándo incluso comencé a considerar cambiarme de domicilio para continuar lo que dejamos a la mitad.