Quiero saber lo que experimentas incluso cuando no me tienes cerca. Quiero saber si tu estómago da vueltas, si conmigo sueñas o si esperas a que vuelva a ser viernes para que por fin me veas.
Quiero confesarte que necesito de ti cuando amanezco abrazando la almohada después de no saber de ti por horas. Necesito más de lo que solo tenemos los fines de semana, cuando tu voz adormilada me despierta, haciéndome sentir realmente los buenos días. En cada momento que no estoy a tu lado extraño el resplandor de tu mirada y el brillo de tu sonrisa.
Qué incongruencia, ¿no lo crees?, extrañarte de esta manera y quererte con tal intensidad, pero no poder tenerte cuando quiera. Me pregunto si tú también extrañas despertar a mi lado. Me gustaría saber si extrañas el resplandor del sol entrando por la ventana, calentando las sábanas, con el brillo de sus partículas flotando en el aire.
En ocasiones, cuando ignoras la alarma y despierto antes que tú, te admiro en silencio, recorriendo tus pestañas con mi mirada y enseguida extiendo el dorso de mi mano para acariciarte sutilmente. Me gusta erizar tus finos vellos mientras evito despertarte. No me sorprendería saber que solo finges estar dormida, pues, cuando comienzo a pasar cerca de las comisuras de tus labios, tus mejillas se tensan. Aguantando una sonrisa, tal vez. ¿Será que también deseas que la mañana se alargue para que aún no me vaya?
Cuando salgo a dar una vuelta, no paro de pensar en ti. Camino observando los altos edificios y el río artificial, justo a la hora en que sólo algunos autos pasan raspando el asfalto de los puentes que hay sobre mí. Desearía que en esos viajes esos puentes, o cualquier camino, me llevaran a tu hogar y que nuevamente sea viernes por la tarde, cuando el sol avanza despacio después de las seis en punto y comienza a ponerse, marcando sus tonos chillantes en el sendero del parque a tu casa.
A veces voy sonriendo al recordar las historias graciosas que me has contado.
Si me detengo en un lugar para descansar mirando a la nada y manteniéndome en mis pensamientos, las siluetas que pasan frente a mí me regresan por momentos a la realidad. Aun costándome mucho ver a la gente a los ojos, me he atrevido a mirarlos, deseando que uno de esos transeúntes seas tú. Cuando se acercan y me alegro, rápidamente me llevo una desilusión y dejo escapar el aliento en un suspiro.
Cuando no te veo, justo como hoy, aprovecho el tiempo repasando mi galería llena de tus fotos. Al ver tus grandes sonrisas, me pregunto ¿desde cuándo me configuraste de esta manera? ¿Desde cuándo tu presencia y tu belleza pueden congelar mis emociones, y tus palabras curarme enseguida? ¿Desde cuándo, inconscientemente, acepté que el destino de mi vida sería perfecto si lo comparto contigo?
Y, cuando nos veamos, el amanecer avanzará a través de la ventana de tu habitación con el alba enardeciendo antes de que suene la alarma. Los relojes no se detendrán, al contrario, girarán desmesuradamente. Cuando esté frente a ti, muy cerca de ti, tomaré tu pálida piel. Alteraré su color marcando mis dedos en tus brazos. Avanzaré por el largo de tu pecho mientras cierro los ojos en cada acercamiento; cada beso romperá la calma entre los muros. Cuando tu cabeza se vaya hacia atrás, arqueando la nuca en tu almohada y dejando ver mi cadena colgada de tu cuello, tus leves quejidos sonarán.
Te apretaré las piernas con mis manos tercas. La agitación de tu cuerpo se acentuará al pasar mi boca por tu ombligo. Y enseguida, en donde el relieve de tu abdomen se hace más fino, pasaré raspando con mi barbilla tu erizada piel. Clavarás tus uñas en mí tratando de sentir eso que no puedes describir con palabras. Te ahogarás con tu propio aliento y la habitación nos hará un favor perdiéndose en el tiempo.