La espuma escurría por detrás y por delante de mis orejas, yendo directo hacia el suelo, haciendo un sonido hueco y burbujeante al caer con todo su peso. Alguna canción sonaba en mi teléfono mientras las paredes comenzaban a humedecerse más y más. En ese instante me encontraba lleno de pensamientos mientras el agua recorría mi cuerpo.
Perdiendo la poca cordura que me quedaba, salí de la ducha, me abotoné una camisa y me puse un pantalón, y luego tomé mi bicicleta y fui a buscarla. Era cuestionable si era factible salir a las once de la noche, con el cabello mojado, pedaleando, yendo a buscar a alguien después de haber terminado; pero cuando pensé eso, ya iba doblando hacia la avenida principal que se veía desde mi casa.
Mi corazón se sentía incontenible y aprisionado en mi pecho, como si este se encogiera o el músculo se hiciera más grande en cada latido.
Pasé al lado de muchas casas, y los perros que las habitaban no hacían el intento por ladrar. Algo inusual, pensé. Yo también debía estar como ellos: en mi cama, acostado. Pero mis necesidades eran más fuertes que mi razonamiento.
Cuando las luces amarillentas de los patios quedaron atrás, comenzaron a aparecer los primeros matorrales que crecían en el monte a mi derecha. La ventisca se sentía más fresca ahí, en ese sendero, recogiéndome los cabellos hacia atrás. El viento me peinaba, y esa sensación que en otro momento sería un placer indescriptible, ahora la ignoraba. Mi mirada iba clavada en el horizonte, esperando que se achicara el camino o que el tiempo pasara rápido.
El pedaleo que en un inicio no sentía ahora comenzó a volverse pesado en la pequeña pendiente que subía. Empujaba mi cuerpo hacia adelante y aprovechaba para extender las piernas por completo en cada pedaleo. Por el mismo cansancio, agitaba mi cabeza como un péndulo, pensando que eso me daría un mayor impulso al clavar los pies hacia abajo, una y otra vez.
Cuando llegué a la planicie, observé que, a lo lejos, detrás del monte, se apreciaba una barda llena de rayones: había firmas de bandas (supuse), un mono dibujado con un aerosol en la mano y una máscara contra gases en la otra; también había nombres encerrados en corazones; algunos tachados, pero de igual forma, visibles. Detrás de ese muro empezaban las privadas que tenían casas muy similares a la de ella, y tan diferentes a la mía.
Los automovilistas avanzaban por mi costado izquierdo, rozando el manubrio, haciéndome perder ligeramente el control de la bicicleta. Cuando miraba que una luz avanzaba, raspando el asfalto muy cerca de mí, me orillaba, bajando la velocidad y extendiendo mi pie derecho al filo de la acera, desgastando la punta de la suela.
Comencé a voltear hacia abajo en repetidas ocasiones para asegurarme que la cadena seguía en su lugar después de haber metido el tercer cambio.
Mientras me deslizaba por la pendiente, dejé que avanzara sin pedalear. Descansaba las piernas mientras me iba arrepintiendo por no haber hecho un plan. Iba a llegar improvisando, pasando por debajo de la pluma de la entrada, para luego encontrarme con sus papás, que no entenderían las necesidades que tenía mi corazón.
Metí cuarta y las llantas se aferraron al asfalto, asegurándome que no se iban a despegar. Sonaba el viento y, por momentos, los ejes de los rines que se movían libremente cuando dejaba de hacer girar la estrella y los piñones. El suelo también hacía un sonido: el siseo afilado que zumbaba en mis oídos.
Estaba a punto de pasar por completo el monte, y a pocos metros estaba la intersección de un parque con la avenida; había cuatro semáforos, y el que me miraba fijamente me manchaba la cara y la parte frontal de la bicicleta con una mezcla de verde con negro. Pensé que esa luz me traicionaría y comenzaría a parpadear en amarillo cuando me acercaba, por lo que metí la última velocidad.
La cadena rebotó ligeramente hacia arriba, pero se afianzó enseguida al plato más grande que había entre los pedales.
Pasé a toda velocidad cuando la luz parpadeó por segunda vez y enseguida cambió al tercer color. Los únicos dos autos que esperaban el cambio de la siguiente luz, fueron bañados por completo en sus cofres, mientras que a mí la luz solo me alcanzó en el hombro y la pierna derecha.
Cuando llegué a la otra acera, sentí el bombeo de la sangre en mis manos, aferradas a los puños del manubrio; me detuve acelerado, contemplando nuevamente si era buena idea visitarla sin avisar, sabiendo que sus papás estarían en la entrada de la casa, esperándome para cuestionarme apenas vieran los colores de mi bicicleta. A la vez, miraba la plaza comercial que yacía en silencio con las luces apagadas, y su estacionamiento estaba casi vacío.
No sé por qué pisé el pedal de nuevo y me impulsé hacia adelante, pero ahí iba de nuevo. El pedal derecho casi rozaba la acera pintada con amarillo, mientras me balanceaba, tratando de reacomodarme en el asiento.
Giré por la rotonda que había enseguida de la plaza y me deslicé en picada hasta la entrada de la privada. Pude ver el sombrero del guardia de la caseta desde lo lejos, sabiendo que me cuestionaría a pesar de que me conocía bien. Me cuestionaría por qué ya tenía meses sin ir. Me cuestionaría por qué lucía desesperado. Nuevamente iba con mucha velocidad y los ojos lagrimeando por el fuerte viento que me pegaba de frente.
Estaba dispuesto a activar ambos frenos, apretándolos con fuerza, y a punto de hacer un movimiento con mi cuerpo para que la llanta trasera derrapara; pero antes miré hacia la derecha, hacia la pequeña calle cerrada frente a la caseta, y ahí estaba ella. Apoyaba un pie y la espalda sobre la caja de un tráiler. Movía su boca y su cabeza, sus ojos miraban hacia arriba. Estaba platicando con alguien, con su rostro muy cerca del suyo, acercándose aún más. La intensidad que había entre ellos en ese momento, la sentí subir en forma de calor por mis mejillas y por mis orejas. Seguí de largo, pasando rápido para que no me notaran, soltando los frenos que apenas comenzaba a sentir en las yemas de los dedos, dejando por la calle los ecos de los ejes dando vueltas.