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Detrás De La Puerta | Capítulo 2

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Detrás De La Puerta | Capítulo 2

Julián se divertía jugando con el vaso sobre la mesa, girándolo por dentro con el dedo índice, mientras la señora se encontraba lavando los trastes. El niño se recargaba en la silla y se sujetaba del filo de la mesa, haciendo que las patas delanteras del asiento quedaran suspendidas en el aire. De reojo miraba la televisión apagada, pensando que no le darían permiso de encenderla tan tarde, pero aún así se atrevió a preguntar:

-¿Puedo ver la tele un rato, abuelita?

-No -respondió secamente Roberta-. Ya tenemos que dormir. Pásame tu vaso para lavarlo.

-Pero yo no quiero ir dormir aún, abue -decía, con voz chillona-, yo no tengo sueño. Además, a esta hora no hay nada que dure más de treinta minutos; puedo mirarla media hora y luego subir a dormir.

-Lávate los dientes -respondió ella sin mirarlo, enfocada en la vajilla-, y luego sube a tu habitación. ¿Me entendiste?

Se levantó arrastrando la silla, y luego arrastró los pies hacia el baño. Pasó a un lado de las escaleras siguiendo de largo hasta el final del pasillo donde la oscuridad era mayor que en la sala. Cerró la puerta detrás de él y arremedó a la señora en silencio. Después, tomó el cepillo de dientes pegado a un mosaico (le encantaba pegarlo en cualquier parte del baño) y abrió grande la boca.

La abuela terminó pronto y se adelantó a subir las escaleras, apenas pudiendo doblar las rodillas. Cuando llegó arriba se detuvo para recuperar el aliento, sujetándose del pasamanos, y luego fue directo hacia su cama y se despojó de los zapatos. Al quitárselos, observó la resequedad y lo cuarteadas que estaban las plantas; se quitó el paño de algodón que cubría una herida entre el primer y el segundo dedo, y estiró las piernas. Sentía el palpitar de las pantorrillas mientras apoyaba las manos en sus rodillas.

El niño seguía en el baño jugando con el agua en la boca, pasándola de un lado a otro, inflando los cachetes y escupiendo el agua en forma de chorro. Al salir, observó la planta baja a oscuras, exceptuada por la luz del pórtico que alcanzaba a entrar, deformada, por los vidrios de la puerta. Se acercó a la cocina y echó un vistazo rápido, para luego reparar en una idea: si su abuelita ya había subido, probablemente ya estaría dormida, y eso quería decir que, probablemente, podría encender la televisión… si no hacía ruido. La idea se le cruzó tan rápido por la cabeza que sintió un cosquilleo, ese mismo que se siente cuando haces una maldad y que no afecta a nadie. El mismo que él y sus compañeros sentían cuando tomaban los sellos de la maestra y lo usaban para calificarse tareas entregadas fuera de tiempo. Se llevó las manos a la boca para evitar que la risa saliera y se apresuró a subir las escaleras de puntillas.

«Ojalá tenga la puerta abierta», se decía, mientras pisaba sigilosamente cada escalón. Necesitaba que la puerta estuviera abierta para confirmar que estuviera dormida. Se lamentó al doblar por el pasillo y ver de lejos que estaba cerrada. Pero mientras se acercaba escuchó sus ronquidos y nuevamente sonrió, ya no había nada más que comprobar.

Regresó unos pasos y entró a su habitación para tomar la almohada y una sábana. Enseguida, se colocó al inicio de las escaleras, y al verlas, consideró que sería un reto bajarlas sin hacer ruido. Por alguna razón, creía que sonaban más cuando bajaba que cuando subía. Su pequeña mano se aferró al pasamanos izquierdo y este crujió como madera podrida. Los ecos retumbaron por el pasillo, haciendo un efecto que parecía que el sonido aumentaba en cada rebote. Su pie delantero había quedado flotando, a punto de dar un paso, pero prefirió bajarlo y cambiar de carril.

Tomó con fuerza sus provisiones y bajó por el mismo lado por el que había subido. Entre más se esforzaba por no hacer ruido, más sonaban los escalones; solo era de esperar un descuido para que aquellos ruidosos alarmaran a cualquier habitante de la casa.

La misión se completó cuando se sentó frente al televisor en el sillón tapizado con cuadros negros y rojos, y con el control remoto en la mano. Una vez acomodado, presionó el botón rojo de encendido. Durante el tiempo que tardó en aparecer la imagen, cruzó los dedos, esperando que el volumen estuviera bajo. Para su suerte, estaba en un canal religioso donde las alabanzas apenas se escuchaban. Que ese programa estuviera disponible significaba que ya era medianoche.

Cambió el canal buscando caricaturas o algo divertido, no sin antes bajar el volumen; pasó las primeras frecuencias que solo mostraban anuncios: ventas de sartenes y productos que, a él y a cualquier niño de su edad, sencillamente no le importaban.

Avanzó más, llegando a los canales que empezaban a tener dos dígitos, pero la mayoría seguían repitiendo los mismos comerciales y otros se encontraban con la imagen gris de estática. Al llegar a los últimos, donde ya tenían tres dígitos, la pantalla parpadeó y Julián frunció el ceño, extrañado. Siguió presionando el botón hasta que llegó a un canal en donde no había estática ni sonido, solo un fondo blanco. Quiso pasar al siguiente, pero el control no respondía. No se podía cambiar ni para atrás ni para adelante. Presionó todos los botones, incluso los de volumen, pero la imagen seguía siendo la misma. Golpeó el control contra su mano, y cuando estaba por quitarle la tapa trasera y reacomodar las baterías, una ola de aplausos estalló y comenzó a mostrarse la imagen lentamente: el fondo blanco se tornó en gris opaco, y, asimismo, fue pasando de lo grisáceo a los colores vivos, divisando un escenario.

Fue cosa de segundos en que la sala se bañó de ruido, pero para Julián fue una eternidad. Luego de sostener el control con firmeza, una voz compulsiva remató la tensión que había:

-¡Y AQUÍ ESTÁ EL ÚNICO E INIGUALABLE… EL REY DE LA MADRUGADA!

En la esquina superior izquierda se apreciaba el número 110 con letras amarillas, mientras estallaban nuevamente las ovaciones. Julián apretó fuertemente el control, haciéndolo crujir y bajando el volumen, y enseguida volteó hacia las escaleras con los ojos asombrados y preocupados, esperando no escuchar los pasos de su abuela.

Una vez transcurridos varios segundos en silencio, y viendo hacia la penumbra de las escaleras vacías, regresó la vista al televisor. En el centro del escenario aparecía un hombre con un traje de solapas anchas que se frotaba las manos y se regocijaba en su panza. Su sonrisa se enmarcaba por un bigote Chevron, bien recortado, y el entrecejo mostraba una ligera unión entre ambas cejas. Miró hacia la cámara con aires de superioridad, y con una sonrisa malévola exclamó:

-¡Bienvenidos a Detrás de la Puerta!, el único lugar donde sus miserias me importan -abrió los brazos hacia la audiencia, quienes seguramente lo admiraban con ojos centelleantes.

Julián ajustó el volumen exacto; a duras penas podía entender lo que decía.

-Basta de música, corten eso -chasqueó los dedos y torció la boca con arrogancia-. El público quiere escuchar una buena historia de terror, ¿no es así?

Nuevamente la audiencia enloqueció, gritando y silbando, y en repetidas ocasiones se escuchaban los pisotones secos en las gradas de madera.

-¡Pásenme a un infeliz a la línea uno! -caminó con pasos exagerados hacia el fondo del set.

Su cuerpo parecía moverse en todas las direcciones por las lonjas que sobresalían a sus costados; todo le rebotaba en su ancho cuerpo. Se dejó caer pesadamente en el sillón de piel amarillo y descolgó el teléfono de disco de la mesita de madera. Su actitud histriónica desapareció en un parpadeo. De pronto, su voz se volvió suave, casi un susurro venenoso, después de que el teléfono sonara dos veces.

-Aló… -ronroneó Delco.

-Ho-hola… buenas noches -tartamudeó una voz al otro lado de la línea-. Mi nombre es E-Erick y…

-¿Estás nervioso, Erick? -lo interrumpió Delco, frunciendo el ceño y reclinándose en el sillón, mirándose las uñas-. Escucho cómo te tiembla la respiración; además, ¿estás encerrado en el baño o qué? Puedo escuchar el eco. -Tapó la parte baja del teléfono y volteó hacia la audiencia, detrás de cámara, y dijo-: Más le vale que esté en el baño, suena a que va a cagarse encima.

Las risas estallaron descontroladamente.

-Y-Yo… N-No. Solo un p-poco. Es t-todo.

Delco calló a la audiencia que abucheaba a Erick y enseguida lo invitó a expresarse con amabilidad:

-¡¿Tú y tus mocos van a seguir aburriéndome o vas a contarme algo interesante?!

Julián también comenzaba a aburrirse, y, cuando estuvo a punto de cambiar de canal, Erick habló:

-E-Estoy seguro de haber soñado con un ca-ca-nino en-enorme.

-¡Oh! ¿De casualidad no era un hombre lobo? Seguramente también salía Frankenstein, ¿verdad? ¡¿Me estás tomando el pelo acaso, Erick?!

-N-No, señor. Lo digo e-en se-se-serio. Anoche ssoñé con u-nnna bestia enorme.

-Te voy a dejar contar tu historia sólo porque me da curiosidad, pero no quiero escuchar tus lloriqueos. ¡Habla como un hombre si es que lo eres! ¿De dónde salía el monstruo?

Erick carraspeó la garganta y trató de mantenerse lo más sereno posible.

-Por debajo de la cama, mientras me cepillaba los dientes en el baño de la habitación.

Comenzó a escuchar el crujido de la madera, según contó, y echó su cuerpo hacia atrás para mirar hacia el cuarto. Una sombra luchaba por salir por debajo de la cama, extendiendo las extremidades por los costados, pero se resbalaba una y otra vez hasta que por fin comenzó a ponerse de pie.

Julián tomó la sábana al escuchar esto, y la extendió lentamente hasta la altura de su barbilla. Sus latidos comenzaban a percibirse con bombeos más profundos, pero él no los notaba. Miraba temerosamente la pantalla, observando que Delco recargaba la bocina en su oreja y pasaba la mano libre por la tapicería del sillón.

-La cama se arqueó por completo -continuó Erick- y esa cosa quedó de pie, mirándome. Traté de correr lo más rápido que pude hacia la planta baja, y al llegar abrí la puerta principal que debía dar hacia la calle.

Cientos de pinos le cerraban el paso a su huida desesperada. Aseguró que la casa era una réplica exacta de su propio hogar, pero la ubicación no tenía sentido. Aquello lo trastornó por un momento, pero mientras su mirada se perdía en el inmenso bosque, la bestia azotaba los escalones de las escaleras.

Salió corriendo, con los pies descalzos, esperando que esa cosa se fuera hacia otra dirección; también esperaba ser auxiliado por algún vecino, pero, según contó, no había una sola casa más a parte de la suya.

-¡AUUUUU! ¡AUUUUU! -aullaba Delco-. Iba detrás de ti, ¿y luego? -Se levantó del sillón y fue hacia otra parte del escenario en donde había un pizarrón.

Julián se preguntó qué tan largo era el cable del teléfono, y cómo era posible que llegara hasta allá. En repetidas ocasiones volteaba hacia las escaleras, vigilando que no bajara su abuela.

-Estando en medio del bosque escuché pisadas que pasaban a lo lejos, haciendo vibrar el suelo. Cada vez eran más claras y pesadas. Y, cuando se acallaron, creí haber dejado atrás a esa cosa, pero enseguida comenzó a escucharse que algo iba rompiendo el viento, algo pesado se iba moviendo, pero no escuchaba las pisadas.

Cuando levantó la mirada hacia las puntas de los pinos, lo miró: estaba sujetado a uno de ellos con su brazo musculoso, mientras sus ojos de asesino lo apuntaban fijamente.

-¡Por fin se puso bueno, amigos! -exclamó Delco, mientras dibujaba en el pizarrón. El tap-tap de la tiza chocando con el pizarrón, se acentuó.

Julián sentía un calor inmenso que subía por su garganta, y enseguida tomó el extremo de la sábana y la jaló con fuerza hacia arriba, cubriéndose por completo. El control salió volando, estrellándose contra alguna pared. Si antes había la posibilidad de cambiar de canal, ya no.

-Quedé inmóvil, mirando hacia arriba. Fue entonces cuando la enorme sombra se abalanzó sobre el pino, arqueándolo, y luego saltó. Las puntas de su pelaje se contrastaron con la luna al taparla por completo.

La enorme figura, la sombra, el canino, se acercaba a Erick, más y más. Estaba hipnotizado sin saber a dónde correr, sin siquiera pensar en hacerlo, simplemente esperaba, con la boca abierta, a que aquella bestia cayera sobre él para matarlo.

-El único color que emanaba de la sombra era… amarillo… fuego… ojos.

-¿A qué te refieres? -preguntó Delco, intrigado, separándose un momento del pizarrón.

-Donde debían ir sus ojos había dos llamaradas amarillas.

Se hizo el silencio por unos segundos y Delco replicó:

-¿Y bien?, ¿vas a continuar? -sostenía la bocina entre el hombro y la oreja, dando la espalda a la audiencia. A los costados de su cabeza y de su cuerpo comenzaban a notarse los trazos.

Julián se descubrió lentamente la cara, lo suficiente para que sus ojos se asomaran y vieran a Delco con movimientos frenéticos. Por su parte, él temblando de miedo, y ahora también tenía ganas de orinar; sin embargo, ni de broma se atrevería a ir al baño. Sabía que algo lo estaría esperando cuando cruzara de la penumbra de la sala a la total oscuridad del pasillo, debajo de las escaleras.

-Cayó sobre mí -continuó Erick-, aprisionándome con sus garras y sacándome el aire al aplastarme. Traté de girar mi cabeza hacia los lados, intentando soltarme, y con el resto de mi cuerpo me convulsionaba, pero nada de eso servía.

Enseguida aulló, haciendo vibrar el bosque entero, arrancando ramas y volándolas hacia los extremos. Sus enormes colmillos relucieron con la poca luz que dejaba pasar por sus hombros: eran navajas; eran cuchillos; eran todo lo afilado que uno se puede imaginar, cambiando de forma en forma. Entonces aquella cosa se acercó más.

-Ahí fue cuando desperté. Me alivió saber que solo era un sueño, pero no me duró mucho esa sensación. Cuando me levanté y estaba dispuesto a colocarme las sandalias, noté que había marcas en el suelo: la madera había sido rasgada por ambos costados de la cama, a la altura de las patas… como si algo hubiera intentado salir.

-¿Será que esto es lo que deseaba salir? -dijo Delco, volteando a ver a la audiencia por encima del hombro, para luego girar su cuerpo hacia la izquierda, dejando ver el pizarrón.

En los trazos blancos con fondo verde se apreciaba una cama y un sujeto dormido en ella, en forma fetal, con un pijama de rayas y un gorro para dormir. Por debajo se extendían dos brazos musculosos, con garras por uñas, y de sus dedos escurría sangre, dejando ver múltiples arañazos debajo de ellos. Frente a la cama se encontraba un espejo ovalado, de cuerpo completo, en el que se reflejaba la bestia intentando salir. En este, se apreciaba su rostro hasta el fondo, debajo de la cama, probablemente a la altura de la cabeza de Erick, con los ojos centelleantes. Curiosamente le dibujó los bigotes fuera del marco del espejo, cayendo hacia ambos extremos, arqueados, terminando en puntas finas.

-Luego, iba a tomar el…

-Le colgué -exclamó Delco, burlón, soltando una carcajada. Arrojó el teléfono más allá de su base y volteó hacia la cámara, aun riendo. Se limpió las lágrimas provocadas por la risa, y exclamó-: No olviden que los monstruos son reales, ¿no es así, Erick? Los fantasmas también son reales y las pesadillas se pueden hacer realidad. Eeeesto fueeee Detrás de la Puerta.

Shum.

El televisor se apagó.

-No deberías estar viendo eso -exclamó una voz desde la oscuridad.

«¡AAAAHHH!»

Julián cayó del sofá, enredándose en las sábanas.

-Te dije que te fueras a dormir, Julián -replicó nuevamente la voz, y entonces Julián la reconoció. No estaba siendo atacado por un monstruo como el de la televisión, como el del dibujo… pero, aún así, un chorrito de orina se le escapó por la impresión y por el azotón en el suelo.

La luz que entraba por las cortinas iluminó la alta silueta que veía Julián desde abajo, observando que tenía el control remoto en la mano.

-Abuelita, solo estaba… sí me iba a ir a la cama, pero…

Lo interrumpió abruptamente la abuela.

-Quiero que subas a tu cuarto ahora mismo y no me vuelvas a desobedecer.

-Abuela, pero…

Quería decirle que estaba temblando de miedo, que no había sido su idea estar viendo un programa de terror, que lo disculpara por haber bajado, pero que, por favor, lo dejara dormir esa noche con ella. La mirada fulminante de su abuela, con venas rojizas, lo terminó de convencer de solo tomar sus cosas y arrastrarlas por el pasillo, cabizbajo. La almohada rebotaba por los escalones.

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