Contenido
- INTRODUCCIÓN
- I. EL AUTO ESTACIONADO
- II. EL FANTASMA
- III. TU CARTA
- IV. LOS TRAZOS
- V. EL CULPABLE
- INTERLUDIO
- VI. TU VIL ROMEO
- VII. MI ALMA GEMELA
- VIII. FUGUÉMONOS
- IX. LA BODA
- X. UN DÍA A LA VEZ
INTRODUCCIÓN
Era sábado por la noche y me encontraba mirando por la ventana cómo el viento enfriaba los pórticos. Dentro de mi casa hacía calor, y esa reconfortante calidez me convenció de no salir; casi podía escuchar que me susurraba que tomara una bebida y que fuera a mi habitación a jugar.
«Podría hacerlo, ya tengo tiempo sin jugar. Juego y bebidas, no son mala combinación», pensé.
Opté por ir al refrigerador y tomar una botella de vodka azul. Luego, fui hacia el escritorio y encendí la computadora; el suave zumbido de los ventiladores y el tenue parpadeo de las luces me dieron la bienvenida.
Tomé el control blanco para jugar cómodamente y navegué por la biblioteca digital hasta seleccionar uno de futbol. Di un sorbo a la bebida mientras iniciaba. La pantalla de carga, negra por un instante, me devolvió mi propio reflejo. El brillo repentino del menú me obligó a entrecerrar los ojos, mientras me frotaba la nuca, sintiendo aún los nudos tensos que me habían dejado cinco días de trabajo.
El primer partido lo programé contra la máquina porque necesitaba acoplarme, tenía que desempolvar mis viejas habilidades. Empezaba a recordar por qué me gustaba tanto aquel juego. Tenía meses sin tocarlo y la emoción que me causaba me hacía maldecir al árbitro por marcar falta donde no la había, por las tarjetas amarillas que me sacaba después de barrerme bruscamente contra los delanteros, y por los goles anulados por fuera de lugar.
La afición se volvió loca cuando quedé frente al portero, esperando que definiera la ventaja en el marcador. Agitaban con orgullo sus camisetas, cuyos escudos decían París. Burlé al guardameta y anoté el primer gol. Grité un ¡SÍ! automático, di un jalón con el codo y volteé hacia la derecha buscando a un acompañante que no tenía. Agité la cabeza, frunciendo el ceño, y seguí jugando.
Di un trago a la bebida y me alegré cuando el rival me regaló la pelota. Desarmé a la defensa con pases cortos, y cuando estuve listo disparé, pero el portero atajó, sacando la pelota hacia el lateral izquierdo. Me acomodaba para cobrar el tiro de esquina cuando el contraste entre los cánticos de la tribuna y el silencio de mi habitación comenzó a incomodarme.
Comencé a apretar los botones con más fuerza y terminé desperdiciando el tiro. Seguí jugando: me barrí, recuperé la pelota, me acerqué al área, tiré y anoté. Esta vez solo vi rebotar el balón en la red, pensando que en otro momento alguien me habría abrazado y besado, aullando conmigo el gol.
Me eché hacia atrás en la silla, cerré los ojos para relajarme, y, por una fracción de segundo, me vi haciendo las celebraciones con mi expareja.
Hacía tiempo que no pensaba en eso; sin embargo, casi de inmediato recordé la calidez de tenerla en mi habitación, cuando jugábamos y veíamos películas. Los recuerdos de aquellas tardes se oscurecieron de golpe al pesar en el día en el que la desesperación por no poder hablarle me ahogaba, y el asco de imaginarla con alguien más me revolvía el estómago.
El árbitro dio el silbatazo del medio tiempo, pero lo escuché muy a lo lejos. En mi mente se empezaba a formar el recuerdo de esa noche en la que sufrí y, a la vez, la que me hizo dejar todo atrás.
I. EL AUTO ESTACIONADO
Esa vez regresaba tarde a casa -comencé a recordar- y no esperaba ver su auto afuera de mi porche. Regresaba muy cansado, casi arrastrando los pies, y las banquetas irregulares, agrietadas y abultadas como un volcán, hacían que tropezara. Regresaba cabizbajo del trabajo, con el mismo reloj que me había regalado mi papá al cumplir dieciocho; tal vez incluso con el mismo sentimiento que tenía él a los cincuenta y tantos respecto a la vida.
A unos treinta metros de mi casa, levanté la mirada y vi su auto. ¡El maldito automóvil plateado estaba estacionado frente a mi barandal!
El cansancio me abandonó de golpe. Sentí una descarga cruzándome el pecho, un latido tan violento y repentino que me robó el aliento. Me quedé paralizado en medio de la banqueta, con la boca entreabierta, incapaz de procesar lo que veían mis ojos. Toda la pesadez y la oscuridad de los últimos meses parecieron evaporarse en un instante. Una alegría abrumadora, casi dolorosa, me encendió la sangre; el corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que sentí que el cuerpo entero me vibraba.
La mirada triste y apagada que venía arrastrando se transformó por completo. Mis ojos devoraban la silueta de ese auto plateado, aferrándose a él como si fuera un espejismo que temía perder si parpadeaba.
El auto estaba oscuro, frío y en silencio.
«Después de tantos días, por fin viniste a verme», pensé entonces, dándome otro pico de adrenalina, sintiendo la sangre golpear con fuerza en mis sienes.
Caminé más rápido y, al llegar, me aproximé a la ventana del carro, me recargué sobre ella y miré hacia el interior. Aprecié el tablero y el volante, luego la tapicería, y me fue imposible creer que aquel lugar se sintiera tan lejano. El asiento de copiloto, donde iría yo, se encontraba vacío, y el de ella aún guardaba su silueta marcada en la piel. Imaginé que, si mis manos se posaban sobre el cuero, sería absorbido y transportado a múltiples recuerdos. Probablemente volvería a las pláticas que teníamos de camino a casa, o a los momentos en que nos escondíamos del mundo entero adentro de su auto, recostándonos en el interior.
No lo quise averiguar y aparté mi rostro de la ventana. Di media vuelta y caminé, dejando atrás el auto en el que seguía presente su aroma. Al seguir avanzando hacia la entrada de la casa, los árboles a mis laterales se marchitaron de golpe. La madera crujió con violencia, como si el viento aullara una advertencia para que me alejara. Sus hojas cayeron al instante, pudriéndose en el suelo, y sus ramas se retorcieron en una pose macabra, tratando de evitar a toda costa que yo entrara.
Apreté los puños, cerré los ojos con fuerza para disipar la visión y abrí la primera puerta. El metal anunció mi llegada. El sonido pareció devolverme a la realidad. Crucé el porche con la respiración agitada, pasando a un lado de las mecedoras de mamá y de aquel balón que compré para consolarme, supliendo al que alguna vez compré con ella.
«¡Uuuuh!», resonó en mi cabeza la exclamación que solíamos hacer cuando el balón rozaba el travesaño.
Todo lo que me había causado cientos de lágrimas en aquel momento ya no me importaba. A pesar del miedo y de las advertencias macabras de los árboles, el corazón roto se me iba reconstruyendo en ese instante; era como ir ensamblando una pieza de acero, parte por parte. Esa falsa ilusión me dio la certeza de que no volvería a derramar más lágrimas en el trabajo, que tampoco se precipitarían al borde de mis ojos en el transporte público, ni mucho menos frente a mi terapeuta, a quien tanto le hablaba de ella.
No sabía si sería capaz de retener esas lágrimas si no pasaba lo que esperaba. Pero confié en mi mente y en mi corazón. Estaba seguro de que ella aguardaba adentro.
II. EL FANTASMA
Abrí la segunda puerta.
«La misma que crucé con ella tantas veces», pensé mientras giraba la perilla.
-¡Regresaste, amor! Te estaba esperando -dijo, cuando aún no terminaba de empujar la puerta por completo-. ¿Cómo te fue en el trabajo?
Me quedé pasmado al verla sentada nuevamente en el comedor. Sus labios dibujaron una sonrisa amplia y luminosa, mientras que sus ojos juguetones me buscaban la mirada, enchinándose de felicidad. Sentí un estremecimiento que paralizó mi corazón por un segundo, y luego el escalofrío subió desde mis talones y terminó sacudiéndome los hombros para recordarme que seguía vivo.
-¿Qué? ¿Acaso tú no me extrañaste? -volvió a hablar con un tono chillante y mostrando su labio inferior, haciendo una mueca.
Arrastró la silla hacia atrás con delicadeza, levantándose y provocando sus famosos oleajes con el cabello. Una vez estando de pie, extendió ambos brazos hacia mí, esperando que avanzara en su dirección. Sus dedos apuntaban hacia mí y luego se recogían en un puño, los volvía a abrir y nuevamente se recogían -podría decir que aleteaban, pero sería más exacto decir que parpadeaban.
Fue ahí cuando reaccioné de la forma que esperaba: mi cuerpo, encendido, corrió hacia ella. Me desprendí del cargamento que llevaba en el hombro, dejando la mochila, el termo y mis libros tirados frente al televisor. Todo quedó en el suelo mientras me aproximaba a ella, también con los brazos extendidos.
Vi de cerca sus ojos cafés. Brillaban para mí y yo me reflejaba en ellos. Al sentirla cerca, cerré los ojos y pasé mis brazos alrededor de su cuello dispuesto para apretarla con la fuerza de mi alma. Mis manos chocaron contra mi propio pecho. El aire helado ocupó su lugar. Un escalofrío me paralizó la nuca. Entonces, escuché su risa en el pasillo que daba hacia mi cuarto.
No estaba en el comedor. Era obvio: los gatos. Seguramente había ido a buscarlos a la habitación.
La sangre me hervía en la cara. Emprendí la marcha doblando hacia la izquierda, apresurándome por el corredor, yendo tras de ella dispuesto a encontrarla. No había nada que me recobrara el ánimo por esos días, al menos hasta que escuché las melodías que procedían de su boca. Ya las había olvidado y quería más, por lo que el deseo por alcanzarla y escucharla se tornó en locura.
«Nsst, nsst, nsst, nsst», chisté con los dientes. Era nuestro código absurdo; el mismo sonido que yo usaba para llamar a los gatos de la calle y que ella solía responder tronando la lengua contra el paladar, antes de darme un beso. Creí que si lo escuchaba vendría enseguida.
Al final del pasillo, la puerta de mi habitación estaba entreabierta, y a través de la rendija se filtraba la luz que provenía del interior. Tuve que entornar los ojos mientras me aproximaba, dando largos pasos y con el corazón acelerado. Parecía que todo mi entorno se movía en cámara lenta, pero los latidos no.
Me entusiasmaba la idea de que estuviera acariciando a mis gatos, que les demostrara lo mucho que los había extrañado, y deseaba encontrarla cargándolos.
Cuando me acerqué un poco más y pasé por debajo del marco de la puerta, me entró el presentimiento de que el mundo se detendría de nuevo. Cerré la puerta tras de mí dando un portazo violento, cuyo eco retumbó por las paredes. Al cerrarla, la magia se esfumó y la luz se fue apagando poco a poco. Miré hacia todos lados, desconcertado y bañado en sudor frío.
Fruncí el ceño, sintiendo que una ola gigantesca de llanto subía hasta mis ojos queriendo escapar, pero me contuve con la esperanza de encontrarla en el patio trasero. Lo descarté de inmediato después de mirarlo a través de la ventana. También revisé mi armario, al otro lado de la habitación, pero tampoco estaba allí. Mi cama seguía tendida, con las almohadas apiladas -como suelo dejarlas al salir por las mañanas desde que aprendí eso de ella-, como si nunca hubiera estado allí.
Mis gatos me miraron con profunda tristeza en lugar de estar alegres por mi llegada. Fue entonces cuando no pude evitar el llanto. Me llevé las manos a la cara y dejé que el cuerpo cayera sobre mis rodillas; me desvanecí hasta que la frente rozó los mosaicos fríos del suelo. Me encontraba encorvado, gimiendo y sollozando, mientras mis gatos se frotaban contra mis extremidades, tratando de encender nuevamente la luz de mis entrañas. Ronroneaban mientras yo berreaba desconsolado por no tenerla.
El silencio que despedía mi cuerpo se mezclaba con la penumbra que albergaba mi habitación, esa misma que hasta hace unos instantes brillaba como la luz del sol.
La posición en la que me encontraba me hizo sentir expuesto: mi rostro estaba empapado y desfigurado por la crudeza del momento; mis ojos se hinchaban y se coloreaban rojizos de tanto dolor; mi espalda, arqueada, remarcaba mi columna vertebral en picos. Para rematar, la luz de la luna entraba por la ventana, demostrando mi existencia con un círculo de luz en el suelo.
Pensándolo de otra forma, era como una obra de teatro en donde yo era un actor y mis gatos el público que se encontraba en el recinto, pues me observaban en silencio, contemplando mi locura y mi dolor. Los surcos que se marcaban en mis mejillas les erizaban el pelaje, y, a la vez, los conmovían. Lo sabía sin mirarlos porque lo sentía en sus pesadas miradas de felino.
-Tu fantasma regresó -fue lo poco que articulé entre respiraciones cortadas. Todo lo demás fue llanto.
III. TU CARTA
Los sollozos comenzaron cuando mi garganta ya no soportó los nudos que la asfixiaban. Me preocupé; no quería que mi familia, cuyos pasos se escuchaban afuera de mi cuarto, se enterara de mi pena. Por momentos se me iba el aire, debido a la posición en la que me encontraba, pero no podía parar de llorar.
«¿Realmente un día vendrá a buscarme?», pensaba mientras ahogaba mis lamentos.
Ya no distinguía la realidad de la fantasía. Me encontraba en el suelo, dedicando todas mis fuerzas para que mi cuerpo dejara de temblar.
De pronto, el recuerdo de una de sus cartas me asaltó mientras mis rodillas se entumían por el dolor. Claramente escuché su dulce voz recitándola, muy cerca de mi oreja, apaciguando un poco la pena que me embargaba.
Al escuchar la primera oración: «Te conocí un día cualquiera», mis pensamientos automáticos frenaron y me permitieron un descenso momentáneo del llanto.
Tenía razón. Ese viernes lluvioso de mayo no era más que rutina y charcos, hasta que me atreví a interrumpir la mirada que le tenía fija a su teléfono en la fila del transporte.
-Fue algo espontáneo, inesperado y muy encantador -continuó la voz en mi recuerdo, y sus palabras recorrían mi piel, erizándola poco a poco.
Sus oraciones se asemejaban a las mías en los versos que le escribí. Me dejé envolver por el recuerdo y seguí escuchando sus palabras tan puras, intensas y honestas.
-Se sintió como si todo hubiera cobrado vida -continuó recitando-; todo encajó y por fin tuvo sentido. Quién diría que aquel hombre alto, eléctrico y dramáticamente atractivo se convertiría en mi pareja, mi mayor inspiración para mis cartas y poemas.
Escuchar aquello me causaba estremecimientos; su profunda admiración me recordaba cómo me hacía sentir único y que era solo de ella.
Para mí también tuvo un sentido diferente la vida después de conocerla, y me entregué a los más dulces placeres que podría haber experimentado, abandonando por completo la idea de algo pasajero y entregándome a ella con total transparencia.
Su arte, lleno de cariño hacia mí, me dio el respiro que necesitaba y me permití disfrutar del cierre definitivo.
Te veo en las nubes arreboladas,
en las canciones que escucho
y en los sueños que nunca cuento.
Con todo mi amor.
El eco de sus palabras se desvaneció. Una sonrisa torpe y dolorosa se me dibujó en el rostro mientras aguantaba el nudo en el pecho, rogando en silencio por escuchar una palabra más. Quería seguir rebuscando en su poema; me intrigaba saber lo que soñaba y lo que fantaseaba conmigo, pero el eco se había apagado. Ahora solo me quedaba este silencio aplastante, obligándome a volver a la realidad de mi cuarto vacío.
Los gatos continuaban con sus movimientos elegantes junto a mí, irguiendo la cola y esperando una caricia. Yo restregaba mi frente contra el suelo, anhelando que sus pensamientos volvieran a materializarse de esa forma tan hermosa. Apreté los dientes hasta hacerme daño, con el rostro desfigurado por el dolor, esperando más de esos poemas, deseando ser de nuevo su pareja y que me describiera en sus sencillos versos, tan llenos de verdad.
IV. LOS TRAZOS
Esa noche concilié el sueño cuando mis ojos se perdieron en la oscuridad de la habitación y cuando la poca luz que entraba por los cuatro cristales de mi ventana iluminaba el desfile de mis gatos: caminaban alrededor de mi cuerpo con sus impacientes ronroneos que invocaban mi salvación.
Me dormí olvidando por completo que su fantasma seguía al acecho, dispuesto a lastimarme en donde no pudiera aplicar presión.
Algunas formas para recordarla se encontraban guardadas en una caja que estaba a unos cuantos metros de mí. Fotos, cartas, boletos de cine, entre otros recuerdos que, mientras yo dormía, despertaban.
La tapa de la caja comenzó a ser empujada desde adentro. Fue un golpe tras otro, hasta que la tapa cayó hacia la derecha, rebotando en las paredes de madera del mueble donde se encontraba. No había tirado todo eso porque hacerlo era renunciar a la posibilidad de volvernos a encontrar, o eso pensaba.
Algo se extendió desde adentro de la caja como si fuera un calamar. Sus extremidades parecían ramas, pero eran planas y oscuras, hechas de grafito y sombra. Colocó cinco de ellas -como si fueran dedos- en el borde e intentó salir. Se empujó hacia adelante hasta que por fin logró escapar. Era un dibujo que ella me había hecho y en ese instante se desdoblaba y cobraba volumen. Cayó con un golpe sordo en el suelo, y eso que antes era hermoso se transformó, en la penumbra, en una bola grotesca.
La bola de garabatos se arrastró por el suelo, dejando un rastro de polvo de lápiz a su paso, acercándose a mí, hasta que por fin llegó a mi brazo. Subió por él y se arrastró nuevamente hasta llegar a mi cabeza.
De su interior salieron más líneas, como si las vomitara, y las colocó alrededor de mi cuello; otras se colocaron sobre mi rostro y otras se enredaron en mis cabellos.
Jaló hacia atrás, abriéndome la boca a la fuerza, y vomitó un torrente de líneas oscuras en mi garganta. De pronto, el mundo desapareció. Me vi rodeado por un montón de trazos que se elevaban en troncos gigantescos, y en cuyas copas se apreciaba la luz del día. Me sentía minúsculo en aquel bosque de papel y neblina.
Cuando reconocí los pinos y los árboles que se encontraban ahí, el corazón me dio un vuelco. Entendí dónde estaba: era el dibujo que ella había hecho para mí, y ahora yo estaba atrapado dentro.
Deseaba encontrarla entre sus trazos; quería que saliera detrás de uno de esos troncos gigantes, o que, al adentrarme en el bosque, la encontrara tomando calor frente a una fogata, a un lado del río de grafito. Así que emprendí la búsqueda, la cual no duró mucho tiempo: los trazos tenían un límite.
Llegué al borde del mundo. Los árboles aquí no estaban completos; eran apenas siluetas esbozadas con tiza. Debajo de ellos, enorme y definitiva, estaba su firma. Me puse de cuclillas para palparla, y en cuanto la toqué, el suelo comenzó a derretirse. Aquellos dibujos se deshacían como la cera, dejando ver el lienzo blanco nuevamente. Corrí lo más rápido que pude para salvarme, pero fue imposible: el suelo de papel se volvió resbaladizo y caí bocabajo, pegándome en la barbilla, provocando que mis dientes castañetearan con fuerza.
Me aferré a los trazos borrosos para no ser tragado por el desagüe de tinta que devoraba todo, pero fue inútil. Sentí que me faltaba el aire cuando me apretó aquel diminuto círculo en el suelo.
Desperté exaltado y desorientado; recargué una mano sobre mi pecho y respiré profundamente, mientras la otra la apoyaba en el suelo.
V. EL CULPABLE
Me levanté a medias, sentándome sobre mis talones con la cabeza martillando de horror y tristeza. Deseaba ponerme de pie, enjuagarme la cara y dejar las pesadillas atrás, pero el cansancio me aplastó. Mis ojos se cerraron de nuevo, vencidos por el dolor, arrastrándome a un nuevo letargo.
-Tú la alejaste -susurró una voz. No venía de lo alto, sino que resonaba entre el piso y mi oreja, pegada al frío suelo-. Sigues llorando como un niño, incapaz de aceptar tus propias actitudes, tu inmadurez.
Intenté tomar mi cuello con ambas manos, pues sentí que me ahogaba, pero estaba paralizado. No podía mover mis extremidades; estaba condenado a seguir escuchando la voz que retumbaba dentro de mí.
-Te gusta sufrir -continuó-, lo sabes, porque siempre haces lo mismo. ¿Crees que tendrás algo en serio si todo lo que sabes del amor es por películas y series de televisión? Mírate, buscando culpables en los fantasmas de tu cuarto porque no tienes el valor de verte al espejo.
Las lágrimas comenzaron a escurrir por mis mejillas. Traté de quejarme, haciendo una mueca de dolor, pero mis músculos no respondían.
Aquella voz no causaba ecos majestuosos ni vibraba en el viento; era seca, cruel y humana.
-¿Por qué sigues pensando en ella? -se burló, soltando una risa que taladraba mis oídos-. Ella ya está saliendo con más personas. Ella misma te lo dijo. Y tú sigues aquí, atado por tu propia incapacidad de amar.
«¡Cállate! -grité en mi mente, retorciéndome contra la parálisis-. ¡Si no vas a devolverla, déjame en paz! ¡Déjame hundirme en silencio!»
-¿O qué? -susurró la voz.
Sentí la última vibración en mi pecho; sentí mis cuerdas vocales tensarse y mis labios moverse al pronunciar esas dos palabras.
Abrí los ojos de golpe, liberado de la parálisis, tomando una bocanada de aire en medio del silencio aplastante de mi habitación. Estaba solo. No había nadie más que yo. No había a quién más culpar.
INTERLUDIO
Me levanté de la silla arrastrando los pies para tomar un poco de aire. Me encaminé hacia la cocina buscando otra botella que adormeciera el recuerdo, y al abrir la puerta del refrigerador me quedé en silencio, sin recordar para qué había ido.
«Hace tanto que no pensaba en eso», dije en mi cabeza, aún sosteniendo la puerta abierta, justo antes de que otro recuerdo me asaltara.
En mi cabeza, volví al momento exacto en el que me dijo «te amo» por primera vez. Recordaba cómo me miró con una expresión seria después de que se le escaparan esas dos palabras; yo la aparté un poco, incrédulo, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar. Los sonidos y las luces del lugar se acallaron, mientras la melodía de su voz rebotaba en mi cabeza, provocando que un calor repentino me subiera al pecho y me obligara a bajar la mirada, desarmado por completo.
Tomé la botella y la destapé frente a la ventana de la cocina. Observé cómo pasaban algunas personas por la calle, cubiertas hasta la nariz con bufandas y chamarras. La luz de las luminarias descubría las pequeñas gotas de agua que caían, mojando el pavimento.
Un auto se estacionó momentáneamente frente a mi barandal y me tensé. Sus luces traseras brillaban en rojo y los escapes despedían el humo espeso de la combustión en el aire frío. No tardó mucho en arrancar; yo sostuve la cortina de la ventana y lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre las cuadras.
Fui de nuevo hacia la computadora y revisé la hora.
11:08 p. m.
Me quedé muy pensativo y decidí poner música para relajarme. Reproduje una lista en aleatorio y me recargué por completo en la silla. Miraba hacia el techo, girando de un lado a otro, mientras trataba de no pensar más.
Pero fue como si el reproductor supiera exactamente lo que intentaba evitar. Comenzó a sonar una canción de ABBA, la misma que sonaba una y otra vez cuando veía sus historias de Instagram. El ritmo alegre y brillante era una burla cruel.
Me enfoqué tanto en la canción que la mente me traicionó y me sumergió de nuevo en mis recuerdos; me arrastró nuevamente a esa noche en la que no sabía si sobreviviría por no verla.
VI. TU VIL ROMEO
Después de haber estado por varias horas en una mala posición en el suelo, me levanté y me senté en el filo de la cama, con la mirada perdida, más allá de mis pies, y con los ojos ardiendo.
La culpa era demasiado pesada para soportarla en mi habitación vacía, así que mi mente se rebeló contra la idea de ser el villano. Me engañaba diciendo que ella no me había dado la comprensión que necesitaba; que el último domingo que hablamos no pudo comprender mis palabras, a pesar de demostrarle con lágrimas mi sufrimiento.
Sentí coraje y la tristeza se transformó en rabia. Una fiebre me subió hasta el cráneo, nublándome el juicio y quemando la poca cordura que me quedaba. Los músculos de mi cuello se tensaron, saltando a la vista, y apreté la mandíbula hasta que los dientes me rechinaron.
Me sentía humillado, como un desterrado de su vida, y no encontraba una mejor manera de demostrarlo. Ya había llorado lo suficiente y el fuego dentro de mi cuerpo no se apagaba; estaba quemando lo que restaba de mí. Era un dolor insoportable, una herida a la que no le podía aplicar presión.
Me debatía entre culparla a ella o a las presiones externas que posiblemente impulsaron nuestro declive. Todo me parecía una locura cuando lo analizaba de nuevo, pero no lo era tanto si recordaba el amor que me tenía. Cuando creí que nunca me habría abandonado, comenzaba a llorar otra vez. Pero luego caía en cuenta de que esos factores -como la competitividad que tenía con su hermana, o la presión que recibía por parte de sus papás- no podían suplantarla y tomar las decisiones que ella tomó.
Pero otro tipo de fuerzas -la energía de mi ser, el deseo ferviente de tenerla, que renacía cada vez que la recordaba, y la necesidad casi doliente de escucharla- me impulsaban a buscarla. Y me sentía doblemente desgraciado al recordar lo que dijo: ya estaba conociendo otras personas. Apenas se tomaba la molestia de leerme cuando le escribía, importándole poco que entre oraciones suplicara su regreso.
Mi subconsciente lo dejó más claro y la apuntó como una enemiga; la culpa ya no recaía solo sobre mis hombros, ahora era suya. La maldecía y, de no ser por mi falta de fuerzas, habría tirado todo lo que tenía al frente. Habría destrozado mi propia habitación. Me imaginaba barriendo los estantes de un manotazo, destrozando los lomos de mis libros favoritos contra el suelo, haciendo estallar los frascos de loción contra la pared. Quería tomar el cuadro y el escrito que me había hecho y rasgarlos hasta dejarlos irreconocibles. Lo que antes me hacía feliz, ahora me daba asco.
Me entraban ganas de llorar, pero mi entrecejo se volvía a fruncir al recordar que ella no entendió lo que atormentaba a mi alma, cuando me sentía un monstruo, cuando quería llevarme las manos a la cara por la vergüenza.
Me sujetaba la cabeza por la desesperación, mientras el cabello se levantaba por encima de mis dedos y pensaba:
«¿Qué habría pasado si me hubiera dicho “pronto volveré”?»
-Seguramente mi vida no se habría vuelto tan amarga -respondí con rabia-; no habría perdido el rumbo de la vida cada semana y habría aprovechado los fines para hacer algo productivo. Probablemente no me atormentarían los recuerdos al acercarme a su colonia, ni al pasar por su iglesia. Tal vez no habría tenido que decirle a mi mamá, con un dolor en el pecho, que me sentía con mucha falta de cariño, que era un cariño que no encontraba ni en mis amigos ni en mi familia.
»Si ella hubiera dicho eso, yo la seguiría esperando y no habría tenido que darle explicaciones a nadie, ni habría tenido que guardar mis recuerdos en una caja para fingir que ya no me importaba.
Me quité del rostro las lágrimas que empezaban a escurrir y repliqué nuevamente:
-Al día siguiente de despedirnos, no habría tomado tareas al azar para evitar los pensamientos que no me dejaban en paz. ¡Si supiera todas las actividades en las que me involucré para no pensarla!
«Si hubiera ido tras de ella esa noche -pensé con amargura-, bajo la lluvia, tal vez la habría obligado a mirarme a los ojos. Tal vez un beso la habría sacado de su cobardía. Piénsalo, habría visto lo fácil que es arreglar lo nuestro, pero prefirió huir y dejarme este infierno.»
VII. MI ALMA GEMELA
El coraje terminó por vaciarme. Los músculos de la quijada me dolían de tanto apretarlos. Me dejé caer sobre la cama, agotado, buscando desesperadamente cualquier recuerdo que apagara el incendio en mi pecho.
Detrás de aquellos recuerdos se atravesó el rostro de su madre. La familiaridad de sus facciones y sus ojos cafés -tan parecidos a los de ella- me inspiraron a imaginar que me tendría piedad y que aún tendría un poco de cariño para mí a pesar de los meses transcurridos.
Deseaba hablar con ella para pedirle un consejo y aprovechar para disculparme por irme de su vida en silencio. Esperaba que entendiera mi aflicción y mi desesperación.
Desde mis entrañas anhelaba que no hubiera interpretado mi falta de palabras como un coraje injustificado hacia ella, y me sentía obligado a contarle la historia de cómo me despedí de su hija bajo la luna llena; pero no sabía qué esperar de eso realmente.
«¿Qué pasaría si me esforzara por contarle la historia que se sabe al derecho y al revés? -me preguntaba-. ¿Qué crees que te dirá? ¡¿Qué esperas de eso?!»
Imaginé su rostro, indiferente, cuando le contara cómo observé que chapoteaban los pasos de su hija entre los charcos de las calles, mientras yo era un refugio de emociones que no salían. En mi imaginación, se burlaba de mis lágrimas al verlas caer contra el suelo mientras le explicaba cómo se partía en dos mi alma al ver la silueta de su hija perderse entre las sombras y las farolas.
Recostado sobre la almohada, mirando el techo, imaginaba lo que le diría si un día me la encontraba por casualidad. «¿Realmente importa explicarle mis torpes conductas?»
Imaginé muchos escenarios en los que me acercaba a la señora y ella salía corriendo como si yo fuera un monstruo. Me vería con repudio, pues mi gracia y mi suerte ya se habían agotado al terminar con su hija. Ni por casualidad sería recibido con una sonrisa, dándome a entender que todo estaba mal.
Si me hubiera mirado al espejo en ese momento, habría visto al verdadero monstruo. No era una máscara; era un rostro endurecido, incapaz de sentir empatía. Era exactamente la bestia a la que su hija le temía cuando era niña: la sombra que se agazapaba en su armario después de apagar las luces. A la que trataba de mantener detrás de las puertas corredizas con la mirada; una sombra que, si apartaba la vista para dormir, saltaría sobre ella con los ojos brillantes, devorando su luz, asfixiando sus sonrisas y arrastrándola a la misma oscuridad en la que yo vivía.
Quería creer que su mamá y yo éramos almas gemelas por la facilidad de entendernos, porque ambos amábamos a la misma persona, porque en ella encontré el refugio de familia que me hacía falta; pero me equivoqué.
Ella era quien ahuyentaba a los monstruos encendiendo la luz del armario, dándole un beso de buenas noches para que cerrara los ojos y soñara en paz; mientras que yo era quien deshizo su idea romántica del amor; a quien le pesaron los ojos por la rutina, por el trabajo, por las responsabilidades, por todas esas comodidades que no tenía, y quien terminó arrastrándola a ella también.
VIII. FUGUÉMONOS
«No puedo ser ese monstruo», pensé, retorciéndome en la cama.
Habían pasado meses desde la ruptura, pero la culpa me asfixiaba. Tenía que demostrarle que podía ser su salvador y arreglar este desastre. A pesar del tiempo, estaba seguro de que encontraría la forma de hacer que volviera a mis brazos.
Tuve una idea y me levanté de un salto a encender el foco y a buscar las fotografías que tenía en la caja plateada, la misma de donde habían salido los trazos que me arrastraron a su mundo. Las pasé una tras otra hasta detenerme en la última en la que salíamos en su casa.
Sonreí ligeramente cuando recordé que antes de tomarnos esa foto habíamos comprado dos bebidas y las habíamos escondido en el árbol del vecino, antes de que llegaran sus papás. Minutos después, justo mientras intercambiábamos saludos en la entrada, escuchamos el cristal haciéndose añicos. El vecino acababa de tirarlas a la basura.
Estuve a punto de pasar a la siguiente fotografía cuando pensé:
«Esa vez le dije que nos fugáramos para estar más tiempo juntos y olvidarnos de los horarios y las reglas de sus padres».
Claro que había sido un comentario gracioso, pero podía hacerlo realidad. Comencé a pensar de qué forma llegaría; incluso creí correcto pedirles un favor a sus amigas. Tal vez no fuera oportuno molestarlas, pero esperaba que entendieran las ganas que tenía de verla.
Mi razón cedió ante la locura, alentando más la idea de escaparnos. Si sus amigas no quisieran ser mis cómplices, entonces iría a su casa a medianoche. «No estamos lejos -pensé-. De cualquier modo, ahora mismo podría ir.»
Quería que nuestra huida fuera silenciosa, aprovechando que lo único que se escuchaba en la noche eran los grillos; imaginando que se mezclarían con nuestras risas de complicidad.
Me pareció el plan perfecto, así que puse manos a la obra. Levanté la caja y saqué por debajo hojas blancas -reservadas para escribirle cartas- y las esparcí por el suelo, alrededor de mí, colocándome de cuclillas.
El ruido del papel se escuchó como latigazos y despertó a mis gatos, que despegaron los párpados suavemente, extrañados por mi imprevista energía.
Escribí en una hoja los sitios a los que podríamos ir, enlistándolos del mejor al peor. Fácilmente anoté cinco municipios y dos estados. En otra hoja, escribí los artículos básicos que debía llevar en la maleta:
- Cepillo de dientes (el azul)
- Tres cambios de ropa (incluyendo la camisa roja)
- Cartera (con la INE y las tarjetas de crédito)
- Cargador
- El perfume que le gustaba
- Documentos importantes (están en el último cajón del buró)
En la hoja a mis espaldas anoté los ingresos mensuales que percibía y los separé con una línea a la mitad para calcular los gastos que tendríamos. Según mis cuentas, podíamos costearnos una renta de ocho mil pesos mensuales. Pensé que tendríamos que vivir apretados los primeros meses, pero después podría conseguir un mejor trabajo o estar en dos a la vez; emprender un negocio o hacer posible su sueño de ser estilista de modas.
No contemplé los gastos de su universidad ni sus necesidades más allá de las básicas porque me sería imposible pagarlas. Fue ahí cuando razoné un poco y pensé que era una estupidez. Pero no me importó. Creí que al seguir trazando el plan encontraría una forma de hacerlo posible; siempre la encontraba.
Cuando mis piernas se cansaron de estar en cuclillas, me tiré hacia atrás, apoyándome con las manos. Me detuve a descansar y en mi cabeza comenzó a proyectarse la película de cómo sería recuperarla.
Me vi aventando una piedra a su ventana a la mitad de la noche; la vi asomándose al marco, con el rostro dividido entre el miedo y la esperanza. Con un pijama rosa saldría por la puerta trasera, evitando que nos descubrieran como solo ella sabía hacerlo. Se sabía todos esos trucos. Me vi tomándola de nuevo entre mis brazos, colocando mi barbilla en su coronilla, permitiéndome oler el rico aroma de sus cabellos.
¡En qué estaba pensando!
Cuando sus padres vieran que bajo las sábanas solo había almohadas, se desataría el infierno. Irrumpirían en el departamento barato donde nos estuviéramos quedando, tumbando la puerta a golpes, furiosos por tratar de detener la locura que estaba a punto de revivir nuestra relación.
Regresé la vista a la hoja donde había escrito los sitios a los que podíamos ir y los repasé con cautela. Mis ojos, llenos de venas rojas, trataban de concentrarse en un lugar accesible para ir y venir del trabajo, y que ella no tuviera problemas con sus clases. También me pregunté a dónde más podríamos viajar en caso de ser descubiertos, pero no se me ocurría nada. Quise revisar en los mapas del celular, pero estaba sin batería.
Esas ideas estaban destinadas al fracaso. El problema no era que nos descubrieran, como unos huerquillos haciendo travesuras; el problema era que ella empezaba a salir con otras personas.
Pensar eso nuevamente hizo que el estómago se me revolviera. Me arqueé, tosiendo con náuseas violentas, y las lágrimas volvieron a subir a mis ojos.
IX. LA BODA
Recogí las hojas del suelo, apretándolas y arrugándolas, y apagué las luces, pero las ideas y los pensamientos nefastos no paraban de llegar a mi cabeza.
Dentro de unas semanas se casaba un amigo y creí que sería buena idea buscarla y pedirle que me acompañara por última vez; estaba seguro de que sería una noche inolvidable.
Me dejé caer en la cama, rebotando boca arriba, y fantaseé con ese pensamiento. Me pregunté qué pasaría si ella no asistía. ¿Cómo le explicaría a mis amigos y conocidos que mi relación perfecta no lo era? ¿Cómo les explicaría que no tuve oportunidad de arreglarlo? ¿Qué haría con la pena que me acompañaría mientras platicara todo eso en la cena, sentado frente a sus caras de desconcierto, mientras los meseros pasaban a nuestros costados? No quería que me tuvieran lástima, y sabía que me avergonzaría el hecho de no poder mantener una relación como todos los presentes.
Me moví hacia la derecha, colocando mi brazo debajo de la almohada y mis gatos se acostaron sobre mis piernas. La curvatura de mi mejilla comenzó a humedecerse hasta que parecía un río, y luego una cascada.
Mientras me dolía el corazón y me removía en la cama, el subconsciente comenzó a ceder a la somnolencia y, por fin, al sueño. Entre mis últimos pensamientos, deseaba que ella también recordara nuestra relación; que, a su almohada llena de lágrimas, le dijera mi nombre y le confesara cómo se quedó con ganas de seguirme amando.
Cerré los ojos, y enseguida salimos uno detrás del otro de su casa. Las faldas de su vestido verde esmeralda se levantaban por momentos, dejando ver sus tacones plateados. El cabello le caía por la espalda como una cascada en la oscuridad, llegándole poco más abajo del escote del vestido.
La simetría de su rostro me desarmó. Sus labios contrastaban con el color del vestido, y los pendientes de oro blanco brillaban a cada paso que daba, iluminando la noche; cualquiera que tuviese la dicha de mirarla de cerca quedaba encantado con sus movimientos.
Se detuvo frente al portón. Fue entonces cuando me emparejé a su lado.
-¿Se te olvida algo? -pregunté, mirándola y sacando un pequeño tubo dorado de mi bolsillo.
-¡Sí, amor! -respondió, tomándome del brazo con una expresión de preocupación. Sus ojos amorosos me veían hacia arriba-. ¡El labial!
Qué pecado habría sido andar sin colores vivos en los labios con ese precioso vestido.
-Tan descuidada siempre, hermosa -dije, burlón-. Aquí está. Lo tomé al verlo abandonado sobre el peinador.
Se lo entregué y la vi deslizar el color sobre sus labios con rapidez. Apenas terminó, me plantó un beso en la mejilla.
-Para que sepan que tienes novia -dijo, lanzándome una mirada retadora y con la sonrisa que tanto amaba.
Enseguida la señora asomó la cabeza por el marco de la puerta y exclamó:
-¿A qué hora me la vas a traer?
-Antes de la medianoche, señora -contesté-; pero si me da permiso, pasadas las dos de la madrugada.
Frunció el ceño y se quedó pensativa por un momento. Su mirada se suavizó y enseguida habló de nuevo.
-Está bien, tienes hasta las dos para traerla hasta aquí, eh. Solo tengan cuidado y diviértanse.
Nos despedimos de ella con una sonrisa y caminamos hacia la calle. Entramos al auto que ya nos esperaba y la conversación fluyó durante todo el viaje -tuve un déjà vu con esto-. El tiempo y la distancia perdieron sentido, mientras el auto avanzaba entre imágenes difuminadas, con nuestras risas de fondo saliendo por las ventanas y perdiéndose en el ruido de la noche.
De pronto, la marquesina de un casino nos deslumbró. En ella se leía:
Boda de Daniel & Cassandra
Y nosotros, que nos encontrábamos al inicio de un camino de arbustos iluminados, volteamos a mirarnos, alegres y cómplices, tomándonos de la mano. Seguidamente, nos aventuramos por ese camino que serpenteaba hasta llegar a la entrada del casino.
-Después de usted, madame -le dije, mientras jalaba una de las grandes puertas de cristal hacia afuera.
-Oh, que vous êtes gentil, monsieur.
-¿Desde cuándo hablas francés? -pregunté, sonriendo ante su repentina sofisticación.
Alzó el mentón con un aire de grandeza y caminó mientras yo la veía nuevamente de perfil, apreciando el broche de su cabello que hacía juego con el color de su vestido. Su rostro se marcaba con la luz amarilla de la recepción del casino.
Rápidamente me reencontré con mis amigos de preparatoria y les presenté a mi pareja con un orgullo que casi no me cabía en el pecho. Uno de ellos faltaba: el recién casado estaba concretando su matrimonio civil en la segunda planta. Algunas personas subían para atestiguar el acto, otros seguían entrando por la puerta principal, y otros pocos se impacientaban ante la demora.
Cuando por fin abrieron paso al salón, nos invitaron a tomarnos una fotografía y escribir un mensaje en el álbum de recuerdos antes de sentarnos en una mesa.
-¿Qué le vas a escribir a tu amigo? -me preguntó.
-No tengo idea -dije, mientras mordía el extremo del plumón.
Me dio un ligero golpe con el codo en la boca del estómago y replicó:
-¡Cómo no vas a saber qué escribirle si lo conoces desde hace trece años! -Me retó con la mirada, pero eso solo me incitó a tomarla de las mejillas y plantarle un beso en los labios.
-Si se tratase de ti podría escribir un libro entero, amor -dije, sin apartar mis manos de su rostro-, solo que entre hombres casi no nos demostramos ese afecto. Supongo que pondré algo como “estoy feliz por tu nueva etapa” o “¡les deseo lo mejor!”. ¿Qué te parece?
Sonrojada y divertida, me pidió que me apresurara porque los invitados comenzaban a acomodarse en las mesas y no quería estar lejos de la pista de baile. Nos sentamos en la segunda mesa después de la entrada, y, seguido de eso, el presentador anunció ante el micrófono que los novios estaban próximos a salir y solicitó que todos se pusieran de pie.
-Familiares, amigos y colados, ¡démosle un fuerte aplauso a los recién casados!
Los novios pisaron la alfombra de terciopelo y comenzaron los fuegos artificiales, cayendo como lágrimas amarillas sobre el escenario.
-¡Que se escuchen más fuerte esos aplausos!
Mientras la pareja paseaba por el escenario, ella los miraba atentamente y yo la veía a ella. Pensaba en cómo sería el día de nuestra propia boda; cómo se vería con el vestido blanco; lo felices que haríamos a nuestros padres cuando anunciáramos el evento.
Cuando la presentación terminó, los novios abrieron la pista bailando entre ellos; eran baladas lentas, pero enseguida siguieron las cumbias norteñas que invitaban a todo el público a bailar. Yo escuchaba la música a lo lejos, perdido en la belleza de mi pareja. Fue entonces cuando me tomó de la mano, estirándome hacia la pista de baile.
La silueta de su cuerpo fue lo último que vi. Las luces coloridas del escenario se fueron apagando hasta que la imagen del sueño se deshizo como humo y, enseguida, comenzó otro.
Ahora me encontraba frente a su universidad. Miré mis manos: sostenía un ramo de flores amarillas. Un murmullo de risas me hizo levantar la vista. En la esquina, un grupo de chicas dobló la calle; una de ellas caminaba con los ojos tapados por las manos de su amiga. La guiaban directamente hacia mí. Se me cortó el aliento. Era ella.
Me enderecé, aferrando el ramo y, cuando le descubrieron los ojos, ella y yo nos quedamos mirándonos fijamente. Corrió hacia mí y me estrujó con un abrazo; no paraba de tocar mi espalda como diciendo que me extrañó sin usar palabras. Yo la apretaba contra mi cuerpo, haciendo que su rostro se recargara en mi pecho, mientras peinaba hacia atrás su cabello lacio.
Sus cinco amigas se encontraban a pocos metros de distancia, apreciando la escena, indecisas de seguir ahí o irse a sus clases.
Una ventisca nos atravesó y juré sentir el sabor de su boca en la mía; ella no lo sabía, pero estaba muy necesitado de probar de nuevo sus labios.
Se acercó a mi oído e imitó nuestro sonido particular:
-Nsst, nsst, nsst, nsst.
Sonreí como desde hace tanto no lo hacía, y ella tomó la iniciativa exclamando y rompiendo el silencio:
-Te extrañé. Han sido días muy largos desde que ya no estás. Mi hermana también terminó con su novio y siento como si todo hubiera cambiado. ¿Por qué nunca fuiste a verme?
-Dijiste que estabas saliendo con más personas -respondí con humildad.
-¡Con quién habría de salir si sabes que solo quiero estar contigo! No entiendo por qué te comenzaste a comportar tan extraño las últimas veces que nos vimos.
-Discúlpame, no fue mi intención. Estaba…
Traté de explicar con desesperación mientras mis palabras se atoraban; mi sinceridad me cristalizó los ojos, y enseguida me colocó el dedo índice en los labios, silenciándome.
-Ya no importa -dijo, y su tono cambió de repente, volviéndose distante-. Ya casi vienen por mí y no sabría qué explicar si me ven contigo. Cuídate mucho.
Se despidió, alejándose, mientras yo me aferraba a lo único que tenía en las manos. El celofán del ramo comenzó a cuartearse entre mis dedos, haciendo un ruido seco. Quebrándose. Y, de esa misma forma, el sueño se deshizo.
X. UN DÍA A LA VEZ
Cuando amaneció y el sol comenzó a calentar mi habitación, abrí los ojos; me ardían al rojo vivo. Abrazaba mi almohada y tenía una extraña mezcla en el pecho: sentía que me faltaba algo, pero, al mismo tiempo, sentía alivio.
Me levanté y miré la hora en el reloj de pulsera y advertí que se me hacía tarde para irme a trabajar. Tuve que arrastrarme hacia la ducha para quitarme la cara que traía, mientras mis gatos dormían otro tanto, desvelados por mi culpa.
Tomé las toallas y me encerré en el baño. Agarré un jabón nuevo y abrí la llave del agua caliente. Después de desnudarme y entrar bajo el chorro de agua, me pregunté si era verdaderamente necesario ir a trabajar ese día.
«Debo aventurarme de nuevo a ese mundo donde habrá tantas siluetas parecidas a la de ella -pensé-. En donde en cada esquina creeré verla, y no me siento listo».
El sol que calentaba era perfecto; podía verlo a través de la ventanilla del baño, y recordé esos días en los que caminaba por las praderas de su privada, escuchando canciones que me inspiraban a sentirme enamorado, a punto de llegar a su casa para que me recibiera con besos. Fue por entonces cuando comencé a escribir un relato llamado Un día a la vez, solo que tenía un desarrollo diferente y ni siquiera se llamaba así.
Aquel escrito con concepto de amor, inspirado en los domingos soleados en los que pasaba al lado de la plaza principal de su colonia, terminó dando paso a un relato de tristeza. Me encargué de que todo fuera lo opuesto. En el original, entraba por el portón del lado norte, tarareando mis canciones, feliz por ir a verla; y en la versión final, entraba por el lado sur, arrepentido, sabiendo que esa noche terminaría nuestra relación.
Me recargué en la pared mientras el agua seguía cayendo y exhalé al pensar que, tal vez, al regresar ese día a mi casa, vería de nuevo su auto estacionado frente a mi barandal. Que, al doblar en mi calle, su fantasma me estaría esperando; que la misma obra se repetiría con el mismo dolor. Se me detuvo el corazón al imaginar que estaría así toda la vida y que, posiblemente, no encontraría a quien me amara porque no lo merecía.
-Sé que pronto dejaré de ser este hombre -exclamé en voz baja, mientras mis lágrimas se mezclaban con el agua de la regadera.
Ya no quería seguir siendo el que corría de un lado a otro; el que buscaba validación; el que no podía tener algo porque, apenas lo obtenía, quería más. Necesitaba ayuda.
Mi mamá se acercó a tocar la puerta del baño para preguntarme qué deseaba para desayunar, y eso me ancló a la realidad. Sentí el peso de su preocupación, el único afecto que aún me mantenía en pie.
Terminé mi ducha y cerré las llaves. Fui al espejo del lavabo y comencé a afeitarme la barba. Mis labios aún apuntaban hacia abajo, atrapados en una mueca de tristeza, pero con cada pasada del rastrillo descubría al hombre que quería ser: al que siempre se veía aseado y fuerte.
Pensé en qué habría pasado si hubiera terminado aquel escrito a tiempo. Tal vez habría cambiado algo de lo que pasó al final. Tal vez habría evitado ese desenlace.
-En éxitos del 2000, hoy les traemos Un Beso de Desayuno de Calle 13 -anunció el presentador del canal de música que se escuchaba de fondo en la televisión de la sala.
Eso me elevó el ánimo. Mientras movía la cabeza al ritmo de la canción, limpiaba el rastrillo de los restos de jabón. Luego, fui a mi cuarto y enchufé el celular que se había quedado sin batería. Me puse unos jeans y una camisa azul marino, y me eché loción alrededor del cuello y en la ropa.
Miré el frasco del perfume que a ella le gustaba (quedaban apenas unas gotas) y lo guardé en el fondo del cajón. Todo lo que tenía que ver con ella tenía que acabarse, y aunque no sabía cómo sentirme ante eso, era momento de empezar a olvidarla.
Me coloqué el reloj en la muñeca izquierda y fui al comedor para desayunar. Mi madre ni se percataba de la mala noche que había pasado, y eso me parecía lo mejor; probablemente la habría preocupado demasiado si me hubiera escuchado llorar en el suelo.
Me cepillé los dientes y recogí lo necesario para sobrellevar el día. Al salir a la calle, recibí un mensaje de mi mejor amigo preguntándome qué haríamos en la noche. Eso me hizo darme cuenta de que, afuera de mi propia cabeza, la vida de los demás seguía existiendo.
Cuando caminé hacia la parada del camión, la luz de la mañana lo bañaba todo. Era un hermoso día, absurdamente colorido para el infierno que llevaba por dentro.
La vibración del control blanco sobre mi escritorio me trajo de vuelta a la realidad.
Parpadeé, enfocando la vista en la pantalla del monitor. El silencio de la casa de pronto se hizo evidente. El partido de FIFA que había dejado pausado seguía ahí, esperando. La escarcha de la botella de Skyy ya se había derretido por completo, dejando marcas de agua.
Había dejado de recordar.
Solté un suspiro largo, cerré el juego y, antes de apagar la computadora y que sus luces y ventiladores finalmente se detuvieran, sonreí al darme cuenta de cómo me sentía antes, comparándolo con la paz que sentía ahora.
Qué rápido había pasado el tiempo, y, sobre todo, comprobé que tenía razón: no me morí de amor.