PRIMERA PARTE: NIÑOS
Alexander Jiménez
Eran las diez de la noche y, en la primera casa de la calle Santo Basilio —a un costado de San Idelfonso—, un niño despertaba tras haber dormido una siesta de poco más de dos horas. Mientras su cuerpo se reponía de haber descansado en la sala, pensó en el silencio de la casa y fue hacia la cocina a buscar a su madre. Para su sorpresa, no estaba allí. Tampoco en su recámara ni en el porche; de eso estaba seguro porque, al echar un vistazo, notó que la puerta principal estaba cerrada con seguro. Siempre la cerraban cuando salían; sus padres solían decir que era mejor prevenir que lamentar.
Cuando papá o mamá llegaran a casa, Rob, el bóxer negro de la familia, los recibiría con ladridos intensos. Siempre era así: un sonido molesto, pero extrañamente reconfortante. Sin embargo, mientras eso no sucediera, Alexander seguiría mirando hacia el portón a través de las dos ventanas de la puerta principal, poniéndose de puntillas o subiéndose a una silla para alcanzar a ver. De ser necesario, la arrastraría desde el comedor con extrema delicadeza, tomándola del respaldo y usando solo las yemas de los dedos, mientras Rob continuaba durmiendo en su casita de madera.
Alexander, el niño cuidadoso, tenía una excepción a su manía: siempre que sus padres faltaban, sujetaba la perilla con ambas manos, sobándola y calentándola, con la fiel creencia de que eso apresuraría su regreso. Lo intentó en esta ocasión, pero no tuvo suerte; no había señales de que fueran a arribar pronto. Desde fuera, si alguien hubiera estado observando, habría visto su coronilla asomarse por las ventanas, moviéndose de un lado a otro mientras ideaba cómo sobrevivir a esos momentos a solas. No había de otra: tenía que esperar. Pero el silencio de la casa era abrumador.
Decidió encender el televisor. Mientras se acercaba a la pantalla de plasma en la sala, escuchó un sonido proveniente del patio trasero. Giró la cabeza hacia allá y lo que vio fue el largo pasillo que conectaba la sala de estar con el patio. Desde su posición observó que solo había luz al inicio y al final… muy al final. A la mitad, solo penumbra. Comenzó a caminar con cuidado, encorvando las plantas de los pies para no hacer ruido, sintiendo la tela de las calcetas apretarse entre sus dedos. Si alguien andaba merodeando el patio, encender la televisión y subir todo el volumen seguía siendo una buena idea; así pensaría que había una familia entera lista para gritar “¡¿QUIÉN ANDA AHÍ?!”.
Sus pasos sigilosos contradecían su intención, pero en su lógica infantil aquello tenía sentido.
A punto de presionar el botón del aparato, se quedó paralizado al escuchar claramente una pisada. Enseguida sonó otra. Y otra. Y una más. Las pisadas no tenían el ritmo natural de una caminata: había lapsos prolongados de silencio entre ellas y, cada vez que retumbaban, sentía que la casa entera se estremecía.
No eran golpes en el techo; alguien estaba bajando las escaleras de concreto que daban a la lavandería. Se escuchaba el crujido de las migajas y el rodar de las pequeñas piedras que se desprendían con cada peldaño.
Era verdad: alguien bajaba por ahí. Un hombre que buscaba ser escuchado descendía alzando las rodillas hasta la altura de la hebilla de su pantalón, deteniéndose un instante mientras sus articulaciones tronaban, para luego dejar caer el peso de sus talones con firmeza. Alex necesitaba creer que aquello era obra del viento y que los ruidos cesarían por arte de magia; que pronto estaría a salvo en el sillón viendo caricaturas, apoyando la cabeza hacia el lado izquierdo del sofá para evitar mirar la oscuridad del pasillo.
Pensó también que, en cuanto encendiera la televisión, el intruso se iría. Sin embargo, avanzar le resultaba una tarea difícil porque las piernas le flaqueaban.
Estiró el brazo hacia el televisor buscando el único botón físico: el de encendido. A estas alturas, Alex sudaba frío mientras la noción del tiempo se desvanecía. Todo ocurría en cámara lenta. Deseaba con todas sus fuerzas presionar el botón, sin importarle que el estruendo del volumen pudiera haber molestado a sus padres en otra circunstancia.
Las pisadas ya no se escuchaban a lo lejos: venían desde el nivel del suelo y se volvían cada vez más lentas. Alex sentía el eco de los pasos en sus oídos; el bombeo de su propio corazón fue reemplazado por aquel retumbo sordo.
Instintivamente, volteó hacia el pasillo en el momento en que sus dedos tocaron el plástico. Por una fracción de segundo, vio la silueta de un hombre reflejarse al fondo.
El aire parecía a punto de estallar por la tensión mientras los vellos de sus brazos se erizaban. La luz del patio trasero proyectaba la sombra de algo maligno; un ser irreal que, en la mente de Alex, solo estaba separado de él por la puerta mosquitera de acero. El niño intentó aferrarse a la idea de que la puerta estaría cerrada con llave, porque su madre jamás salía sin asegurar todo.
De pronto, el sonido de unas llaves atravesando el cerrojo del portón deshizo la parálisis del tiempo. Alexander corrió hacia la entrada principal buscando salvarse y abrazar a quien llegaba. Pensó que aquello terminaría siendo una anécdota más, un susto del que su padre se reiría, acostumbrado ya a las fobias de Alexander “el niño cuidadoso” Jiménez. Pero al subirse a la silla y sujetarse de la perilla para mirar por la ventana, el porche estaba completamente vacío.
El terror invadió la casa de nuevo, atravesando los barrotes del barandal y clavándose en los ojos de Alexander, obligándolo a girar su cabeza hacia el pasillo. Su mirada recorrió los mosaicos del suelo hasta donde comenzaban a ocultarse en la penumbra. La sombra que entraba del patio se hacía más amplia. Alex juraba que la mosquitera detendría a la criatura, pero no fue así: su forma espectral traspasó el metal sin esfuerzo y ahora estaba adentro, avanzando por el pasillo.
La distante luz del fondo solo dejaba ver el arco que formaban las piernas del individuo. Sus ojos brillaban en la oscuridad a dos metros del suelo. De la cara le colgaba un pañuelo desgarrado: el lado izquierdo estaba casi intacto, pero el derecho, carcomido, dejaba al descubierto una hilera de dientes afilados.
El niño quería reaccionar, pero ¿qué podía hacer? La única salida estaba cerrada con llave y él ya estaba acorralado contra ella. Se dejó resbalar de espaldas contra la madera, deslizando los pies hacia adelante hasta abrazar sus rodillas, mientras las horrendas pisadas hacían vibrar las paredes.
La tenue luz de la sala fue revelando el rostro completo de aquella abominación: una piel amarillenta y verdosa. Un grupo de gusanos se arrastraba desde su boca hacia la nariz; tenía un orificio en la garganta por el que pululaban otros más. Las rasgaduras de su pantalón parecían respirar con su andar torpe. ¿Cuántos años habría pasado aquella cosa durmiendo debajo de la tierra?
—Julián…— espetó el hombre con una voz grave y entrecortada, al tiempo que extendía los brazos.
Alexander permanecía arrinconado, llorando en el suelo, cerrando los ojos para no ver lo que se le acercaba.
El rostro cuarteado de la criatura, dividido en grandes placas triangulares, mostraba una avanzada necrosis. A pesar de ello, el bastardo sonreía. Con cada paso sonreía, y de su boca brotaba sangre espesa que se coagulaba al caer, salpicando sus botas negras. Los dientes picados, teñidos de un café podrido, rechinaban cuando apretaba la mandíbula al intentar articular palabra.
Abrió la boca y volvió a gruñir:
—¡Julián!